Eutanasia

Muerte provocada con la intención de evitar prolongar inútilmente sufrimientos extremos al enfermo afectado de procesos incurables o en fase terminal. La eutanasia puede dividirse en dos modalidades según el grado de implicación del ejecutor; así, se habla de eutanasia pasiva y activa. En el primer caso se utiliza en enfermos muy graves, como en los siguientes casos:

  1. Ausencia de reflejos de la actividad bioeléctrica encefálica en intervalos periódicos en el encefalograma,
  2. Afectados que permanecen en formas de vida puramente vegetativas,
  3. Casos de coma irreversible,
  4. Enfermos que son víctimas de continuas acciones terapéuticas desproporcionadas o intervenciones quirúrgicas que únicamente alargan la agonía y obligan a suministrar sustancias continuamente para aliviar un dolor insoportable.

La eutanasia activa sería toda acción que provoque el cese de las actividades vitales del organismo de un enfermo, sin que se justifique por los motivos mencionados, o sea, atentando contra la vida de un sujeto enfermo por motivos diferentes, supuestamente humanitarios o de otra índole. Actualmente, la eutanasia no está reconocida como un derecho por la legislación española ni la de la mayoría de los países europeos, y su posible aplicación plantea numerosos problemas científicos y éticos aún sin solución definitiva. El juramento de Hipócrates, que, en forma adaptada a la edad moderna, hace suyo todo médico, contenía el compromiso de hacer todo lo posible por mantener la vida, pero no contemplaba la existencia de aparatos y técnicas para prolongar una vida puramente vegetativa, de la cual estaría ausente toda dignidad humana y que incluso resultaría contraria a ella.

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