La Seguridad del Paciente o Seguridad Clínica es un tema central y prioritario en las instituciones sanitarias actuales, aunque tiene raíces históricas muy profundas. Desde el Código de Hammurabi (1692 a. C.), donde ya se regulaban las consecuencias de los errores médicos, hasta los avances de Florence Nightingale e Ignaz Semmelweis en el siglo XIX, la preocupación por evitar el daño innecesario al paciente ha sido constante. En el siglo XX, figuras como Ernest Codman introdujeron el registro sistemático de errores, marcando el inicio de una gestión basada en la mejora continua. El informe “To err is human” (2000) consolidó el interés global por desarrollar políticas y culturas de seguridad asistencial.
A partir de entonces, la OMS impulsó programas como Atención limpia es atención segura o La cirugía segura salva vidas, y en 2009 creó la Clasificación Internacional en Seguridad del Paciente, que unificó la terminología y definió conceptos esenciales como error, evento adverso, iatrogenia, negligencia o fallo del sistema. En Europa y España, la seguridad del paciente se incorporó a las políticas públicas, con iniciativas como el SINASP, el portal seguridaddelpaciente.es y campañas de formación y prevención.
La Seguridad Clínica se entiende hoy como una dimensión clave de la Calidad Asistencial, centrada en reducir el riesgo de daño innecesario en la atención sanitaria hasta niveles aceptables, según los conocimientos y recursos disponibles. Su objetivo es garantizar una atención segura, eficiente y basada en la evidencia, mediante la gestión de riesgos, el análisis de incidentes y el aprendizaje organizativo.
Para explicar el origen de los errores, se distinguen dos modelos. El modelo centrado en la persona atribuye los fallos a factores individuales (negligencia, distracción, imprudencia), aunque se considera simplista por no contemplar la complejidad del entorno sanitario. En contraste, el modelo centrado en el sistema, basado en el modelo del “queso suizo” de James Reason, considera los errores como resultado de fallos sistémicos y condiciones latentes que, al alinearse, permiten que los errores humanos traspasen las defensas organizacionales. Este enfoque prioriza analizar cómo y por qué fallan las barreras de seguridad, más que buscar culpables.
El cambio hacia una atención segura requiere instaurar una Cultura de Seguridad, definida como un patrón compartido de valores, actitudes y comportamientos orientados a minimizar el daño al paciente. Para ello, las organizaciones deben fomentar el aprendizaje del error, eliminar el mito de la perfección, diferenciar entre error y negligencia, y ofrecer apoyo a las segundas víctimas (profesionales implicados en incidentes).
Adoptar esta cultura aporta beneficios tangibles: disminución de incidentes y costes asociados, reducción del daño físico y emocional, mejora del clima laboral y fortalecimiento de la imagen institucional.
Finalmente, la Seguridad Clínica debe considerarse una prioridad organizativa, integrada en la misión, visión y valores institucionales y gestionada en todos los niveles: macrogestión (políticas sanitarias), mesogestión (dirección de centros) y microgestión (práctica clínica). Su implantación exige liderazgo efectivo, basado en el ejemplo, la comunicación, la formación continua y la evaluación periódica del clima de seguridad. Los líderes deben promover estrategias transversales, planes de acción, coordinación entre unidades y mejora continua, asegurando que la seguridad del paciente sea un eje estructural y permanente de toda la organización sanitaria.
