La gestión del riesgo asistencial es una parte esencial de la atención sanitaria moderna, ya que toda práctica médica conlleva cierto nivel de riesgo y los sistemas sanitarios actuales son cada vez más complejos. Su objetivo principal es prevenir los errores, minimizar sus efectos y fortalecer la seguridad del paciente mediante un enfoque sistemático y organizado. El riesgo clínico o asistencial se define como la posibilidad de que ocurra un resultado indeseable o la ausencia de un resultado esperado durante el proceso de atención. Su adecuada gestión implica identificar, evaluar y reducir los riesgos que pueden afectar a las personas, las instalaciones, los recursos económicos y la reputación institucional.
Existen tres tipos de riesgos: los inherentes al propio paciente (por su estado de salud o condiciones personales), los derivados de las decisiones médicas (diagnósticas, preventivas o terapéuticas) y los que se originan en la aplicación de dichas decisiones y cuidados. Para abordarlos eficazmente se combinan dos enfoques: el reactivo, que analiza los incidentes una vez ocurridos para evitar su repetición, y el proactivo, que identifica de forma anticipada posibles fallos en los procesos para prevenirlos.
El proceso de gestión del riesgo sigue varias fases: identificación, análisis y evaluación, tratamiento, despliegue de acciones y seguimiento. Este ciclo se apoya en el modelo de mejora continua (PDCA: planificar, hacer, comprobar y actuar). Antes de iniciar el proceso, es necesario analizar el contexto de la organización, respondiendo a cuestiones clave sobre su misión, visión, valores, clientes y entorno. El análisis contextual incluye las expectativas de los pacientes y del sector, la estrategia institucional, los grupos de interés implicados y las distintas perspectivas organizativas (económica, social, sanitaria y de recursos humanos).
La gestión proactiva del riesgo sanitario se centra en anticipar posibles incidentes. Para ello se identifican exhaustivamente todos los riesgos potenciales relacionados con las actividades, los profesionales, las instalaciones y los equipos. La herramienta más utilizada para este fin es el Análisis Modal de Fallos y Efectos (AMFE), que permite prever fallos, sus causas, consecuencias y la capacidad del sistema para detectarlos antes de que afecten al paciente. En esta metodología, los riesgos se evalúan en función de su frecuencia, gravedad y detectabilidad, generando un Índice de Prioridad del Riesgo (INR) que determina su criticidad. A partir de ese valor, se clasifican los riesgos en asumibles o no aceptables y se definen las medidas correctoras correspondientes. El tratamiento puede implicar eliminar, reducir o controlar el riesgo, siempre en coherencia con la estrategia institucional. Finalmente, se realiza un seguimiento periódico para verificar la eficacia de las medidas implantadas.
Por otro lado, la gestión reactiva de riesgos se aplica cuando los incidentes ya han ocurrido. Utiliza diversas fuentes de información (registros clínicos, notificaciones de incidentes, encuestas, demandas, etc.) y herramientas de análisis como el Análisis Causa-Raíz (ACR), el London Protocol o el SEA (Significant Event Analysis), que permiten identificar las causas subyacentes de los errores y formular medidas preventivas.
Un componente esencial de la seguridad clínica son los sistemas de notificación de incidentes, que permiten recopilar, analizar y aprender de los errores. Pueden ser sistemas de registro, destinados a la monitorización cuantitativa de eventos, o sistemas de notificación, centrados en el aprendizaje cualitativo. Estos últimos deben ser voluntarios, anónimos, no punitivos y específicos. Su correcta implementación depende del liderazgo institucional, la cultura de seguridad y la retroalimentación a los profesionales. Las barreras más comunes para su uso son el miedo a represalias, la falta de conocimiento sobre qué notificar y la escasez de respuesta tras las notificaciones. Superar estos obstáculos resulta indispensable para fortalecer una cultura de aprendizaje y mejorar la seguridad del paciente.
