El desarrollo histórico de los cuidados de enfermería ha transitado desde una práctica doméstica y empírica hasta una disciplina científica y profesional basada en la evidencia. En la etapa doméstica del cuidado, desde la Prehistoria, el cuidado de la salud recaía principalmente en las mujeres y los sanadores, quienes utilizaban recursos naturales y rituales mágicos. En las primeras civilizaciones, como Egipto y Mesopotamia, surgieron regulaciones sanitarias y espacios para el cuidado, mientras que en Grecia y Roma se introdujo una visión racional de la medicina, con hospitales militares y cuidadores especializados, aunque aún sin reconocimiento profesional.
La etapa vocacional estuvo marcada por la influencia del cristianismo, que consideró el cuidado una obra de misericordia. Las mujeres cuidadoras actuaban bajo obediencia a la autoridad religiosa. En la Edad Media, las órdenes religiosas asumieron los cuidados, destacando las Agustinas, pero sin un desarrollo educativo formal. En el Mundo Moderno, a pesar del retroceso educativo durante la Reforma protestante, el Concilio de Trento impulsó nuevas órdenes dedicadas a la atención organizada y sistemática de enfermos, como las Hermanas de la Caridad, quienes estructuraron procedimientos técnicos, de base y de gestión.
Con la etapa técnica de los cuidados, se reconoció la salud como un derecho y se inició la profesionalización de la enfermería. La influencia de Florence Nightingale fue decisiva al introducir la investigación y la formación reglada, sentando las bases de la enfermería moderna. Se establecieron escuelas, titulaciones y estándares éticos. El Consejo Internacional de Enfermería promovió la autonomía profesional, la mejora asistencial y la cooperación internacional.
En el siglo XX, la enfermería se consolidó como disciplina científica. Autoras como Ida J. Orlando desarrollaron métodos de trabajo propios, centrados en la seguridad y autonomía del paciente. Archie Cochrane impulsó la práctica basada en la evidencia (EBE), que se consolidó como método para garantizar decisiones clínicas fundamentadas en la mejor información científica. Más recientemente, la Asistencia Basada en la Evidencia (ASBE) amplía esta perspectiva integrando a todas las profesiones sanitarias en la toma de decisiones colaborativa.
Las Prácticas Basadas en la Evidencia (PBE) se han convertido en herramienta clave para garantizar cuidados seguros, ya que permiten prevenir incidentes mediante la aplicación de métodos científicamente validados. La evidencia enfermera proviene tanto de la investigación como de la experiencia profesional, las guías clínicas y la valoración de los pacientes, reconociendo la pericia del profesional como elemento esencial de seguridad. Instituciones como el Joanna Briggs Institute lideran actualmente la investigación en este campo.
La seguridad del paciente depende en gran medida de la actuación enfermera, que debe participar activamente en la gestión de riesgos, diseño de protocolos, formación y difusión de la cultura de seguridad dentro de las organizaciones sanitarias.
Finalmente, el Proceso Enfermero (PE) constituye el método científico aplicado al cuidado. Permite planificar, ejecutar y evaluar intervenciones personalizadas basadas en modelos teóricos como el de Virginia Henderson, que identifica 14 necesidades básicas del ser humano, o el de Marjory Gordon, con sus 11 patrones funcionales de salud. Estos modelos promueven la autonomía del paciente, la humanización de la atención y la coordinación interdisciplinar.
La integración del lenguaje estandarizado NANDA-NOC-NIC (NNN) facilita la sistematización, evaluación y comunicación profesional, reforzando la seguridad y calidad del cuidado. En conjunto, la enfermería ha evolucionado de una práctica empírica y vocacional a una ciencia del cuidado fundamentada en la evidencia, la ética y la seguridad del paciente, consolidándose como una disciplina autónoma e indispensable dentro del sistema sanitario moderno.
