Tema 4. Buenas prácticas en seguridad clínica.


Aquí se presenta una síntesis del módulo sobre Seguridad del Paciente, articulado en cinco bloques: lesiones cutáneas relacionadas con la dependencia, caídas y sujeciones, seguridad farmacoterapéutica, seguridad en el área quirúrgica e infecciones relacionadas con la asistencia sanitaria.

Las antiguas “úlceras por presión” se enmarcan hoy en el modelo de lesiones cutáneas relacionadas con la dependencia. Son eventos prevenibles, de elevada carga clínica y económica, con prevalencias variables según el ámbito (UCI, sociosanitario, domicilio) y con impacto notable en calidad de vida. La valoración del riesgo debe ser continua, con herramientas validadas (Braden, EMINA, Norton), y activar medidas de prevención: vigilancia de zonas de riesgo, higiene, ácidos grasos hiperoxigenados/aceite de oliva, cambios posturales, soporte nutricional, control de humedad, alivio local de presión y uso de superficies especiales, registrando siempre cuidados y transiciones asistenciales.  

Las caídas generan morbi-mortalidad y costes elevados. Su prevención es objetivo clásico de calidad y exige una valoración multifactorial (historia de caídas, marcha y equilibrio, visión, cognición, continencia, medicación, factores del entorno). La escala de Downton, por su sencillez, es la más extendida, si bien existen versiones modificadas. A los pacientes de alto riesgo se les debe identificar, informar y aplicar medidas como ayuda al deambular, no ir solos al baño, uso de gafas/audífonos, calzado adecuado y recomendaciones de movilización segura; tras una caída, se actúa para mitigar consecuencias y se notifica el evento para análisis y mejora. El uso de sujeciones (p. ej., barandillas) puede aumentar el daño y debe ponderarse críticamente.  

En seguridad farmacoterapéutica, los errores de medicación explican una proporción relevante de eventos adversos, muchos prevenibles. El documento define taxonomía (incidente, EM, AAM, RAM) y recomienda sistemas de identificación y aprendizaje. Entre las buenas prácticas: normalizar la administración, conciliación al ingreso/alta, acceso a guías, verificación de paciente/posología/caducidad/alergias, etiquetado correcto, comprobación de vía, dilución y velocidad, y registro/monitorización posterior. Se enfatiza el trabajo sobre medicamentos de alto riesgo, priorizando intervenciones basadas en evidencia (p. ej., lecciones del estudio EMOPEM e ISMP).   

El área quirúrgica concentra un porcentaje importante de eventos adversos, en gran parte prevenibles. La OMS promueve el Listado de Verificación de Seguridad Quirúrgica (LVSQ), a adaptar a cada entorno. La preparación del quirófano obedece a requisitos técnicos (clasificación ISO de salas, presión positiva, humedad, temperatura, recambios de aire) y a una logística rigurosa de equipos, materiales y esterilidad; la comunicación del equipo (briefing) es clave. Se abordan riesgos de la intervención (posición, pérdidas sanguíneas, termorregulación, quemaduras/incendio/electricidad), la recepción del paciente como “última oportunidad” de detectar riesgos, el recuento de gasas/compresas como “never event” a evitar, y el manejo y trazabilidad de muestras e implantes.    

Por último, las infecciones relacionadas con la asistencia sanitaria (IRAS) constituyen una prioridad internacional: “Una atención limpia es una atención más segura”. Se subrayan la higiene de manos y la asepsia como medidas sencillas y coste-efectivas, junto con la vigilancia (EPINE en prevalencia) y la bioseguridad organizativa para reducir incidencia y carga de enfermedad. La implantación de una cultura de seguridad requiere compromiso de gestores y profesionales y protocolos que aseguren la esterilidad y el cumplimiento de buenas prácticas.   

En conjunto, el módulo enfatiza evaluación sistemática del riesgo, prevención proactiva, comunicación y registro, como pilares para disminuir eventos adversos y mejorar resultados en los pacientes.