Las alergias alimentarias son reacciones adversas no tóxicas en las que interviene un mecanismo inmunológico. Dentro de ellas destaca la alergia a las proteínas de la leche de vaca (APLV), especialmente frecuente en los primeros años de vida. Puede ser mediada por IgE, con aparición rápida de síntomas como urticaria, angioedema, vómitos, broncoespasmo o anafilaxia, o no mediada por IgE, con manifestaciones más tardías principalmente digestivas y cutáneas, como proctocolitis, enteropatía o FPIES. El diagnóstico se basa en la historia clínica y, en los casos IgE mediados, en pruebas de sensibilización y, cuando es necesario, una prueba de provocación oral controlada.
En relación con la lactancia, la APLV durante la lactancia materna exclusiva es poco frecuente, aunque puede producirse por el paso de proteínas de leche de vaca ingeridas por la madre a la leche materna, siendo necesario en estos casos realizar una dieta de exclusión materna. En lactantes alimentados con fórmula, pueden utilizarse fórmulas extensamente hidrolizadas y, si persisten los síntomas, fórmulas elementales de aminoácidos. Por otro lado, la intolerancia a la lactosa es muy poco frecuente en el lactante, ya que la leche humana contiene lactasa; cuando existe un déficit secundario tras una enfermedad intestinal, no se recomienda suspender la lactancia, puesto que la leche materna favorece la recuperación de la mucosa intestinal.
El reflujo gastroesofágico es frecuente y generalmente fisiológico en los lactantes, resolviéndose de forma espontánea antes de los 2 años. Debe diferenciarse de la enfermedad por reflujo gastroesofágico (ERGE), que puede provocar irritabilidad, rechazo de las tomas, escasa ganancia ponderal y síntomas respiratorios. No está indicado suspender la lactancia materna, y pueden considerarse medidas como evitar la sobrealimentación, mantener al bebé en posición vertical tras las tomas y favorecer la succión no nutritiva, manteniendo siempre el decúbito supino para dormir. Finalmente, el síndrome de intestino corto, frecuente tras resecciones intestinales masivas relacionadas con la enterocolitis necrotizante, produce malabsorción, pérdidas de líquidos y electrolitos y dificultad para ganar peso. Su manejo combina inicialmente nutrición parenteral con una introducción precoz y progresiva de nutrición enteral, priorizando la leche materna por sus propiedades nutricionales, tróficas e inmunológicas.
