El síndrome aórtico agudo (SAA) es una urgencia cardiovascular tiempo-dependiente que engloba la disección aórtica, el hematoma intramural y la úlcera aterosclerótica penetrante. La entidad más representativa es la disección aórtica, producida por un desgarro de la íntima aórtica que permite la entrada de sangre en la pared vascular, creando un falso lumen. Esta situación puede provocar rotura aórtica, compromiso de ramas arteriales e isquemia cerebral, coronaria, visceral o de las extremidades. Clínicamente se manifiesta con un dolor torácico brusco e intenso, de carácter desgarrador, que puede irradiarse a la espalda o al abdomen, asociado en ocasiones a asimetría de pulsos, diferencias de presión arterial, soplo de insuficiencia aórtica o signos de hipoperfusión, datos que deben hacer sospechar el diagnóstico de forma inmediata.
El diagnóstico debe ser rápido y no retrasar el tratamiento inicial. La prueba de elección es la angio-TC aórtica, que confirma la disección, determina su extensión y permite clasificarla según Stanford en tipo A (afecta a la aorta ascendente) y tipo B (no afecta a la aorta ascendente), clasificación que condiciona el tratamiento. En pacientes inestables puede utilizarse la ecocardiografía transesofágica como alternativa rápida. El manejo inicial sigue el enfoque ABCDE, con monitorización continua, analgesia precoz con opioides, control hemodinámico mediante betabloqueantes intravenosos para reducir la frecuencia cardíaca y el estrés sobre la pared aórtica, añadiendo vasodilatadores si persiste la hipertensión. La disección tipo A requiere cirugía urgente, mientras que la tipo B no complicada suele tratarse de forma médica y la complicada precisa tratamiento endovascular urgente.
El personal de enfermería desempeña un papel esencial en la monitorización continua de la presión arterial, frecuencia cardíaca, saturación de oxígeno y estado neurológico, asegurando accesos venosos, administrando de forma titulada los tratamientos intravenosos y preparando al paciente para la angio-TC o la intervención urgente. También es fundamental el control del dolor, ya que disminuye la respuesta simpática y el estrés sobre la aorta, así como la detección precoz de signos de inestabilidad hemodinámica, déficit neurológico o isquemia periférica. Entre los errores más frecuentes destacan infravalorar el dolor torácico o dorsal de inicio brusco, no valorar la asimetría de pulsos o de presión arterial, retrasar las pruebas de imagen o controlar la presión arterial sin reducir previamente la frecuencia cardíaca, factores que pueden empeorar de forma significativa el pronóstico de esta emergencia vascular.
