TEMA 13. URGENCIAS Y EMERGENCIAS HIPERTENSIVAS EN URGENCIAS


La hipertensión arterial es un motivo de consulta frecuente en urgencias, pero la decisión terapéutica no depende únicamente de las cifras de presión arterial, sino de la presencia o ausencia de daño agudo de órgano diana. Por ello, es fundamental diferenciar entre urgencia hipertensiva, caracterizada por una elevación significativa de la presión sin lesión orgánica aguda, y emergencia hipertensiva, en la que existe afectación de órganos como el cerebro, corazón, riñón o aorta, situación que requiere tratamiento inmediato. La valoración debe centrarse en la clínica global del paciente, identificando síntomas como cefalea intensa, déficit neurológico, dolor torácico, disnea o disminución de la diuresis, ya que no toda hipertensión grave constituye una emergencia médica.

El diagnóstico en urgencias se basa en una valoración sistemática mediante el enfoque ABCDE, la confirmación de las cifras de presión arterial con mediciones repetidas y la búsqueda activa de daño de órgano diana. Las pruebas complementarias incluyen ECG, analítica, radiografía de tórax y TC cerebral cuando existe sospecha de afectación neurológica. El tratamiento varía según el contexto: en la urgencia hipertensiva se recomienda un descenso progresivo de la presión con antihipertensivos orales, mientras que en la emergencia hipertensiva se utilizan fármacos intravenosos como urapidilo o labetalol, con el objetivo de reducir la presión aproximadamente un 20-25 % durante la primera hora, evitando descensos bruscos que comprometan la perfusión de órganos vitales. Además, el tratamiento debe dirigirse siempre a la patología asociada, como edema agudo de pulmón, síndrome coronario agudo, disección aórtica, ictus o insuficiencia renal aguda.

El personal de enfermería desempeña un papel esencial mediante la correcta medición de la presión arterial, la monitorización continua, la administración titulada de la medicación intravenosa y la vigilancia de la respuesta clínica, evitando reducciones excesivamente rápidas de la presión arterial. También participa en el control del dolor, la ansiedad y los factores desencadenantes, así como en la detección precoz de signos de deterioro respiratorio, neurológico o cardiovascular. Entre los errores más frecuentes destacan tratar únicamente las cifras elevadas de presión sin valorar el contexto clínico, reducir la presión de forma demasiado rápida, no monitorizar adecuadamente al paciente o retrasar el reconocimiento de una verdadera emergencia hipertensiva, situaciones que pueden empeorar significativamente el pronóstico.