TEMA 19. MANEJO DE RESERVORIO SUBCUTÁNEO


Las complicaciones relacionadas con la administración de terapias antineoplásicas y el manejo de los accesos venosos representan situaciones críticas que pueden comprometer la seguridad y la continuidad del tratamiento oncológico. El reservorio venoso subcutáneo constituye el acceso vascular de elección para la administración prolongada de quimioterapia, nutrición parenteral, antibioterapia, hemoderivados y otros tratamientos intravenosos, ya que proporciona un acceso venoso seguro, mejora el confort del paciente y reduce el riesgo de infecciones en comparación con otros dispositivos. No obstante, su utilización exige una técnica estrictamente aséptica y una correcta manipulación para prevenir complicaciones como infecciones, trombosis, obstrucción del catéter y extravasación.

El manejo del reservorio subcutáneo requiere una valoración previa del dispositivo y del paciente, comprobando la integridad del sistema y descartando signos de dolor torácico, disnea, palpitaciones, eritema, edema o infección. La canalización debe realizarse mediante una aguja Huber, utilizando un campo estéril y desinfección con clorhexidina, verificando posteriormente el retorno sanguíneo y la permeabilidad mediante irrigación con suero fisiológico. Tras la administración del tratamiento, el sistema debe lavarse con solución salina y realizar un sellado con heparina, manteniendo una presión positiva para evitar la formación de trombos. Cuando el reservorio permanece sin utilizar, se recomienda realizar lavado y heparinización cada 4–6 semanas para conservar su funcionalidad.

Las principales complicaciones del reservorio incluyen la obstrucción del catéter, ocasionada por coágulos, fibrosis, desplazamiento o incompatibilidad farmacológica; el dolor asociado a infección, trombosis vascular o extravasación; y las interacciones farmacológicas de la heparina con medicamentos como AINE, anticoagulantes, cefalosporinas, penicilinas o nitroglicerina, que pueden modificar su efecto anticoagulante o aumentar el riesgo de hemorragia. Por ello, las intervenciones enfermeras deben centrarse en mantener una técnica aséptica, vigilar el funcionamiento del dispositivo, detectar precozmente signos de infección o trombosis, asegurar un correcto lavado y sellado del sistema y educar al paciente sobre los signos de alarma, garantizando así una administración segura de las terapias antineoplásicas y reduciendo el riesgo de complicaciones.