TEMA 5. INFECCIONES OPORTUNISTAS


Las infecciones oportunistas son complicaciones frecuentes y potencialmente graves en los pacientes oncohematológicos debido a la inmunosupresión. Entre las más importantes destacan la aspergilosis invasiva, causada por Aspergillus fumigatus y asociada a neutropenia prolongada o trasplante hematopoyético, y la candidiasis sistémica, favorecida por la presencia de catéteres venosos, nutrición parenteral y el uso prolongado de antibióticos. Sus manifestaciones clínicas incluyen fiebre persistente, tos, dolor torácico, hemoptisis, fungemia y abscesos viscerales. El diagnóstico se basa en pruebas como el TAC torácico, el galactomanano sérico, los hemocultivos y el beta-D-glucano, mientras que el tratamiento de elección incluye voriconazol para la aspergilosis y equinocandinas para la candidiasis, utilizando alternativas como anfotericina B o fluconazol según las características del paciente.

Las infecciones virales graves también representan una causa importante de morbimortalidad en pacientes inmunodeprimidos. Los agentes más frecuentes son el citomegalovirus (CMV), el virus herpes simple (HSV) y diversos virus respiratorios, que pueden producir neumonía viral, hepatitis o encefalitis. Su diagnóstico requiere técnicas específicas como la PCR viral y la serología, mientras que el tratamiento se basa en la administración de antivirales dirigidos al agente causal, principalmente aciclovir, ganciclovir u otros fármacos específicos. La identificación precoz y el inicio rápido del tratamiento son esenciales para evitar la progresión hacia complicaciones graves.

Las intervenciones de enfermería desempeñan un papel fundamental en la prevención y el manejo de las infecciones oportunistas. Entre las actuaciones prioritarias destacan el control de infecciones mediante una estricta higiene de manos y técnicas asépticas, la protección frente a infecciones con vigilancia del recuento de neutrófilos y educación sanitaria al paciente, la monitorización de signos vitales para detectar precozmente la sepsis, la correcta administración de la medicación, el cuidado del acceso venoso central, el soporte nutricional y la vigilancia clínica continua, registrando cualquier cambio y comunicándolo de forma inmediata al equipo sanitario para prevenir complicaciones y mejorar el pronóstico.