El dolor en urgencias debe considerarse un problema clínico prioritario, ya que puede ser un síntoma de una enfermedad grave y modificar la prioridad asistencial desde el triaje. La valoración enfermera debe ser estructurada y repetida, utilizando herramientas como OPQRST y escalas adaptadas al paciente para identificar la intensidad, localización, características, evolución y signos de alarma. Es fundamental diferenciar el tipo de dolor y reconocer situaciones que requieren una actuación urgente, como el dolor torácico, abdominal, cefalea brusca o dolor asociado a inestabilidad.
El tratamiento del dolor debe individualizarse según la intensidad, causa, edad, comorbilidades y medicación habitual, combinando analgesia farmacológica y medidas no farmacológicas. Antes de administrar analgésicos, la enfermera debe comprobar la identidad del paciente, alergias, dosis, vía y posibles riesgos, prestando especial atención al uso de opioides, AINEs y otros fármacos de alto riesgo, que requieren una vigilancia estrecha de la respiración, nivel de conciencia, constantes vitales y efectos adversos.
La reevaluación es una parte imprescindible del manejo del dolor y permite comprobar la eficacia del tratamiento, detectar efectos adversos y decidir si es necesario ajustar la analgesia. Deben reevaluarse la intensidad del dolor, constantes vitales, nivel de conciencia, respiración y aparición de nuevos signos de alarma, prestando especial atención a pacientes mayores, pediátricos, con deterioro cognitivo o dolor crónico. Todo el proceso debe quedar reflejado en un registro enfermero claro, incluyendo la valoración inicial, la analgesia administrada, la respuesta obtenida y las incidencias observadas.
