8.1 INTRODUCCIÓN
La atención pediátrica en urgencias exige una forma específica de observar, valorar y actuar. El niño no es un adulto pequeño: su anatomía, fisiología, comportamiento, capacidad de compensación y respuesta a los tratamientos son diferentes. Estas diferencias condicionan la detección de gravedad, la elección del material, la administración de medicación, la indicación de pruebas complementarias y la comunicación con la familia.
En pediatría, la valoración inicial se apoya especialmente en la observación. Antes de tocar al niño, la enfermera puede obtener información muy valiosa observando su apariencia, el trabajo respiratorio y la circulación cutánea. Esta primera impresión permite identificar al paciente estable, al paciente potencialmente grave y al paciente que requiere intervención inmediata.
La enfermera de urgencias tiene un papel clave en este proceso. Es frecuente que sea quien recibe al niño en triaje, detecta signos precoces de deterioro, registra el peso para calcular dosis, prepara medicación y material adaptado a la edad, administra tratamientos, monitoriza la respuesta y acompaña a la familia durante el proceso asistencial.
El objetivo de este capítulo es ofrecer una guía práctica para el abordaje inicial del paciente pediátrico en urgencias, centrada en seguridad clínica, valoración precoz de gravedad, dosificación adecuada, uso prudente de pruebas complementarias y cuidados adaptados al niño y su familia.
8.2 DiIFERENCIAS ANATÓMICAS Y FISIOLÓGICAS RELEVANTES EN URGENCIAS
El niño presenta características propias que modifican la atención urgente. Algunas son más marcadas en lactantes y niños pequeños, y se van aproximando progresivamente al adulto con el crecimiento.
8.2.1 Vía aérea
La vía aérea pediátrica es proporcionalmente más estrecha y más fácilmente obstruible. En lactantes, la cabeza es relativamente grande, el occipucio prominente, la lengua ocupa más espacio en la cavidad oral y las estructuras laríngeas son más anteriores y cefálicas. Además, pequeños grados de edema, secreciones o broncoespasmo pueden aumentar mucho la resistencia al flujo aéreo.
Esto tiene una consecuencia práctica importante: la posición de la cabeza y del cuello es fundamental.
En el lactante, si la cabeza se flexiona en exceso, la vía aérea puede obstruirse. Si se hiperextiende, también puede cerrarse. Por eso suele buscarse una posición neutra o de “olfateo” suave, alineando el eje de la vía aérea sin forzar la extensión. En niños mayores, puede utilizarse una posición de olfateo similar a la del adulto, adaptada a su tamaño y evitando la hiperextensión.
Las recomendaciones actuales de soporte vital pediátrico insisten en abrir y mantener abierta la vía aérea mediante posicionamiento adecuado de cabeza y cuerpo, maniobra frente-mentón o tracción mandibular cuando esté indicada.
8.2.1.1 Apertura de vía aérea según edad y contexto

La maniobra de apertura debe acompañarse siempre de reevaluación: ¿entra aire?, ¿mejora el color?, ¿disminuye el esfuerzo?, ¿hay ruidos anómalos?, ¿mantiene la vía aérea por sí mismo?

Imagen 30. Maniobras para permeabilizar la vía aérea en lactantes y niños
Fuente: Fuente: Maniobra frente-mentón y maniobra tracción mandibular. Manual de RCP básica y avanzada. Editores: Dr. David Acuña / EU. Natalia
Gana. Facultad de Medicina - Pontificia Universidad Católica de Chile.
8.2.2 Respiración
Los niños tienen mayor consumo de oxígeno por kilogramo de peso y menor reserva respiratoria. Esto significa que toleran peor los periodos de apnea, la obstrucción de la vía aérea y el aumento del trabajo respiratorio. En lactantes, además, la musculatura respiratoria se fatiga con mayor facilidad.
El deterioro respiratorio pediátrico suele evolucionar desde una fase compensada, con aumento del trabajo respiratorio, hacia una fase de agotamiento. La enfermera debe detectar la fase compensada antes de que aparezcan signos tardíos.
No es suficiente registrar la saturación. Hay que observar el patrón respiratorio, la frecuencia, el tiraje, la capacidad para alimentarse o hablar, el nivel de conciencia y la evolución tras las intervenciones.
8.2.2.1 Signos de dificultad respiratoria según progresión clínica

La cianosis, el silencio auscultatorio o la incapacidad para hablar son signos tardíos o de gravedad avanzada. El objetivo de la valoración enfermera es reconocer antes el deterioro: taquipnea, aumento del trabajo respiratorio, mala tolerancia a la alimentación, irritabilidad, tendencia a la somnolencia y agotamiento.
8.2.3 Circulación
En el niño, el shock puede estar inicialmente compensado. La frecuencia cardiaca aumenta y se produce vasoconstricción periférica para mantener la presión arterial. Por ello, la hipotensión es un signo tardío y preocupante.
La valoración de la perfusión es esencial. La enfermera debe observar piel, temperatura, relleno capilar, pulsos, estado mental y diuresis cuando esté disponible. Un niño con extremidades frías, piel moteada, relleno capilar prolongado y taquicardia mantenida puede estar en shock, aunque su tensión arterial no sea aún baja.
8.2.3.1 Dónde valorar pulsos según edad y situación
En pediatría, la valoración circulatoria debe interpretarse por edad. La frecuencia cardiaca normal varía mucho entre un lactante y un adolescente. Por ello, las constantes deben compararse con rangos pediátricos y con el contexto clínico.
8.2.4 Sistema nervioso y comportamiento
El niño pequeño no siempre puede explicar dolor, mareo, dificultad respiratoria, visión borrosa, cefalea o sensación de empeoramiento. Por eso, la conducta es un dato clínico.
Un lactante que no se alimenta, no se consuela, está hipotónico, no fija la mirada o tiene llanto débil puede estar grave. Un niño que deja de jugar no interacciona, se muestra excesivamente somnoliento o irritable debe reevaluarse, aunque las constantes iniciales no sean alarmantes.
La información de los cuidadores es muy valiosa. Una frase como “no está como siempre” puede orientar a deterioro real, especialmente si procede de alguien que conoce bien al niño.
8.3 TRIÁNGULO DE EVALUACIÓN PEDIÁTRICA
La valoración inicial del niño comienza con el Triángulo de Evaluación Pediátrica —TEP—. Es una valoración rápida, visual y auditiva, que se realiza en pocos segundos y permite estimar el estado fisiológico del niño antes de tocarlo.
La SEUP incluye el TEP como herramienta inicial en la aproximación y estabilización del niño enfermo o accidentado, y señala que debe poder realizarlo tanto enfermería en triaje como el personal médico a la llegada del paciente a urgencias.
El TEP tiene tres lados:
- Apariencia.
- Trabajo respiratorio.
- Circulación cutánea.

Imagen 31
Tabla resumen del TEP

El TEP no establece diagnósticos. Sirve para decidir rapidez y dirección de la actuación. Un TEP alterado obliga a una valoración más profunda. Si se alteran dos o tres componentes, el niño debe considerarse potencialmente grave hasta demostrar lo contrario.
Tabla orientativa de interpretación fisiológica del TEP

8.4 VALORACIÓN PRIMARIA ABCDE EN PEDIATRÍA
El ABCDE pediátrico permite pasar de la impresión inicial a una valoración ordenada. En pediatría, igual que en adultos, se trata primero lo que amenaza antes la vida. La diferencia es que las intervenciones deben adaptarse a la edad, peso, tamaño y fisiología del niño.
A. Vía aérea
La vía aérea debe valorarse observando si el niño vocaliza, llora, habla, tose o mantiene una respiración efectiva. La ausencia de llanto en un lactante muy decaído o la incapacidad para hablar en un niño mayor pueden indicar compromiso.
En lactantes, la obstrucción por posición es frecuente. El occipucio prominente puede flexionar el cuello cuando el niño está en decúbito supino. Una posición neutra o una ligera elevación de hombros puede mejorar la alineación. En niños mayores, la posición de olfateo suele facilitar la apertura de vía aérea. Si hay sospecha de trauma, debe priorizarse la tracción mandibular con estabilización cervical.
La aspiración de secreciones puede ser necesaria, pero debe realizarse con suavidad y solo si las secreciones comprometen la vía aérea. Las maniobras agresivas pueden aumentar ansiedad, provocar vómitos o empeorar la obstrucción en algunas situaciones.
B. Respiración
En la valoración respiratoria pediátrica es imprescindible mirar más allá de la saturación. La frecuencia respiratoria debe compararse con la edad, pero la tendencia y el esfuerzo son igual o más importantes.
Una bronquiolitis, una crisis asmática, una laringitis, una neumonía o una anafilaxia pueden presentarse inicialmente con aumento del trabajo respiratorio antes de que aparezca hipoxemia franca. El objetivo es detectar ese aumento precoz.
La enfermera debe valorar si el niño puede alimentarse o hablar, si necesita pausas para respirar, si se agota, si se coloca en postura de alivio, si presenta tiraje o si disminuye el esfuerzo tras un periodo de dificultad intensa. Esta última situación no siempre indica mejoría: si se acompaña de somnolencia o hipoxemia, puede representar agotamiento.
C. Circulación
La circulación se valora mediante frecuencia cardiaca, pulsos, relleno capilar, piel, temperatura, tensión arterial, estado mental y diuresis. La tensión arterial debe medirse con manguito adecuado. un manguito incorrecto puede dar cifras erróneas.
La taquicardia puede deberse a fiebre, dolor, ansiedad, llanto o fármacos broncodilatadores, pero también puede ser un signo de hipovolemia, sepsis, shock o insuficiencia respiratoria. Por eso debe interpretarse en contexto y reevaluarse tras tratar causas corregibles.
La hipotensión no debe esperarse para actuar. En un niño con mala perfusión, relleno capilar prolongado, piel fría, taquicardia mantenida y alteración del comportamiento, la comunicación al equipo debe ser precoz.
D. Estado neurológico
La valoración neurológica inicial debe ser rápida y práctica. Puede utilizarse AVPU, escala de Glasgow pediátrica si procede, valoración pupilar y glucemia capilar.
La hipoglucemia debe descartarse en niños con convulsión, bajo nivel de conciencia, irritabilidad marcada, somnolencia, sudoración, enfermedad metabólica, diabetes o mal estado general. La glucemia capilar es una intervención rápida y de alto valor.
En convulsiones, la enfermera debe controlar la duración de la crisis, proteger al niño, preparar oxígeno y aspiración, medir glucemia y administrar medicación según prescripción o protocolo. Registrar la duración real de la crisis es importante, porque la percepción del tiempo durante una convulsión suele ser imprecisa.
E. Exposición y entorno
La exposición permite detectar exantemas, petequias, signos de deshidratación, lesiones traumáticas, quemaduras, maltrato, dolor localizado o signos cutáneos de shock. Debe realizarse de forma dirigida, protegiendo la intimidad y evitando hipotermia.
En pediatría, desvestir completamente a un lactante durante tiempo prolongado puede favorecer pérdida de calor. La exposición debe ser suficiente para valorar, pero seguida de abrigo y confort.
8.5 CONSTANTES PEDIÁTRICAS; INTERPRETACIÓN CON EDAD Y CONTEXTO
Las constantes vitales pediátricas varían con la edad. La frecuencia cardiaca y respiratoria son más altas en lactantes y disminuyen progresivamente con el crecimiento. Por ello, no se deben interpretar con rangos de adulto.
Más que una cifra aislada, interesa valorar:
- Si la constante es adecuada para la edad.
- Si hay tendencia a empeorar.
- Si se relaciona con fiebre, dolor, llanto o ansiedad.
- Si mejora tras tratamiento.
- Si se acompaña de alteración de apariencia, respiración o perfusión.
Interpretación práctica de constantes en pediatría
8.6 PESO Y SEGURIDAD EN LA DOSIFICACIÓN
El peso es uno de los datos más importantes de seguridad en urgencias pediátricas. La mayoría de los fármacos pediátricos se calculan en mg/kg, microgramos/kg/min o ml/kg. También se usan cálculos por peso para fluidoterapia, material de reanimación, sedación, analgesia, antibióticos, anticonvulsivantes y medicación de emergencia.
Siempre que la situación lo permita, el niño debe ser pesado en triaje o al inicio de la atención. El peso debe registrarse en kilogramos, de forma visible y sin abreviaturas ambiguas. Si el niño está crítico y no puede pesarse, se debe estimar el peso mediante el método previsto en el centro o mediante información fiable de los cuidadores, dejando claro que se trata de un peso estimado.
La SEUP señala que la valoración inicial en urgencias pediátricas debe integrar triaje, estabilización y reevaluación, y en la práctica el peso es un dato esencial para que las intervenciones sean seguras y proporcionadas.
Reglas de seguridad en medicación pediátrica

8.6.1 Ejemplo de cálculo
Prescripción: fármaco a 0,1 mg/kg.
Peso: 12 kg.
Dosis total:
0,1 mg × 12 = 1,2 mg.
Si la dilución contiene 10 mg en 10 ml, la concentración es 1 mg/ml. Para administrar 1,2 mg se administran 1,2 ml.
Este ejemplo es sencillo, pero ilustra un punto crítico: en pediatría, pequeños errores de coma decimal pueden tener consecuencias importantes. Por eso, los cálculos deben verificarse y las concentraciones deben expresarse con claridad.
8.7 PRUEBAS COMPLEMENTARIAS; PROPORCIONALIDAD, DOLOR Y RADIACIÓN
En pediatría, las pruebas complementarias deben indicarse con criterio. No se trata de hacer menos por tratarse de un niño, sino de utilizar pruebas que aporten información relevante y cambien la conducta clínica.
La observación y la reevaluación tienen especial valor. En muchos cuadros pediátricos, la evolución tras analgesia, antitérmico, hidratación, broncodilatador u oxígeno ayuda a orientar la gravedad.
Extracción sanguínea:
La extracción sanguínea puede ser necesaria en fiebre sin foco con criterios de riesgo, sospecha de sepsis, deshidratación moderada-grave, alteración del nivel de conciencia, convulsiones seleccionadas, diabetes, intoxicaciones o procesos quirúrgicos. Sin embargo, no debe realizarse de forma automática si el niño presenta buen estado general, bajo riesgo y el resultado no va a modificar la actuación.
En triaje o en la valoración inicial, algunas determinaciones capilares pueden aportar información rápida sin necesidad de venopunción. En niños con síntomas de deshidratación, vómitos persistentes, decaimiento, alteración del nivel de conciencia, poliuria, polidipsia, pérdida de peso, respiración profunda, antecedentes de diabetes o sospecha de debut diabético, es adecuado realizar glucemia capilar de forma precoz. La cetonemia capilar, si está disponible, puede ser útil cuando existe hiperglucemia, vómitos, deshidratación o sospecha de cetosis/cetoacidosis. Estas determinaciones no sustituyen a la valoración clínica, pero ayudan a identificar precozmente alteraciones metabólicas relevantes y a priorizar la actuación.
Cuando se decide extraer sangre, debe planificarse bien:
- Agrupar muestras para evitar punciones repetidas.
- Usar tubos pediátricos si están disponibles.
- Aplicar medidas de analgesia o distracción cuando sea posible.
- Permitir la presencia de padres si ayuda al niño.
- Identificar correctamente la muestra.
- Priorizar muestras urgentes si el niño está grave.
Uso prudente de imagen
La radiación tiene especial relevancia en pediatría. La indicación de radiografía, TAC u otras pruebas debe basarse en criterios clínicos y protocolos pediátricos.
Ejemplos prácticos:
- No toda bronquiolitis precisa radiografía.
- No todo traumatismo craneal precisa tac.
- No toda fiebre precisa analítica o imagen.
- No todo dolor abdominal requiere pruebas inmediatas si el niño está estable y puede observarse.
- La ecografía puede ser útil en algunos escenarios porque evita radiación, aunque depende de disponibilidad e indicación.
La enfermera contribuye a la seguridad preparando al niño, reduciendo ansiedad, comprobando identidad, lateralidad si procede, alergias a contraste, vía venosa adecuada y necesidad de monitorización durante el traslado.
8.8 SIGNOS DE ALARMA PEDIÁTRICOS
En pediatría, los signos de alarma deben interpretarse por edad y contexto. Algunos datos que en adultos parecen evidentes aparecen tarde en niños. Por eso, la valoración debe centrarse en signos precoces de aumento del trabajo respiratorio, hipoperfusión, alteración de la apariencia y cambios de conducta.
Tabla resumen de signos de alarma pediátricos

8.9 FIEBRE: VALORAR EL NIÑO, NO SOLO LA TEMPERATURA
La fiebre es uno de los motivos de consulta más frecuentes en pediatría. La cifra de temperatura es importante, pero no debe valorarse de forma aislada. El estado general, la edad, el aspecto, la perfusión, la respiración, la hidratación y los antecedentes pesan más que el número aislado.
Un niño con fiebre alta, buen aspecto, buena perfusión, buena hidratación y adecuada interacción puede tener bajo riesgo. En cambio, un lactante pequeño con fiebre, mal aspecto, rechazo de tomas o alteración de la perfusión requiere valoración prioritaria.
La enfermera debe observar cómo está el niño antes y después de administrar antitérmico. Si al bajar la fiebre mejora claramente la apariencia, juega, bebe y mantiene buena perfusión, la evolución es más tranquilizadora. Si pese al descenso térmico continúa decaído, irritable, somnoliento o mal perfundido, debe comunicarse.
Valoración enfermera en fiebre pediátrica

8.10 DIFICULTAD RESPIRATORIA PEDIÁTRICA: PRIORIDAD ENFERMERA
La dificultad respiratoria es uno de los escenarios pediátricos donde enfermería puede detectar antes el deterioro. La valoración debe ser repetida y comparativa: cómo llega, cómo responde al tratamiento y si mejora o se agota.
En bronquiolitis, crisis asmática, laringitis, neumonía o anafilaxia, la enfermera debe observar el patrón respiratorio, el esfuerzo y la conducta. Un niño que inicialmente está agitado y taquipneico y después se vuelve somnoliento, con menor esfuerzo aparente, no necesariamente está mejor: puede estar agotado.
El trabajo respiratorio debe reevaluarse tras oxígeno, broncodilatadores, adrenalina nebulizada, corticoides, aspiración de secreciones, alto flujo o ventilación no invasiva, según el cuadro y protocolo.
Datos de evolución favorable o desfavorable

8.11 DESHIDRATACIÓN Y GASTROENTERITIS
La gastroenteritis aguda es frecuente en urgencias pediátricas. La prioridad no es solo contar vómitos o deposiciones, sino estimar el grado de deshidratación, valorar tolerancia oral y detectar datos de gravedad.
La deshidratación puede evolucionar más rápido en lactantes por su mayor proporción de agua corporal y menor reserva. La pérdida de peso, si se conoce, es un dato muy útil.
Debe valorarse la ingesta reciente, la tolerancia oral, la diuresis, el aspecto de mucosas, la presencia de lágrimas, los ojos hundidos, el relleno capilar, la frecuencia cardiaca, el estado general y la presencia de letargia o irritabilidad. La ausencia de diuresis, el rechazo persistente de líquidos o el empeoramiento del estado general son datos de especial relevancia.
En este contexto, la determinación precoz de glucemia capilar y, cuando esté disponible e indicado, de cetonemia capilar, puede aportar información rápida sobre la situación metabólica del niño, especialmente si presenta vómitos, decaimiento, signos de deshidratación, poliuria, polidipsia, pérdida de peso, antecedente de diabetes o sospecha de debut diabético.
La rehidratación oral con soluciones adecuadas es preferible cuando el niño está estable y tolera. La vía intravenosa se reserva para deshidratación moderada-grave, shock, fracaso de rehidratación oral, vómitos incoercibles u otros criterios clínicos.
8.12 CONVULSIONES PEDIÁTRICAS
Durante una convulsión, la prioridad enfermera es proteger, oxigenar si es necesario, controlar el tiempo y preparar medicación si la crisis se prolonga.
No se deben introducir objetos en la boca ni intentar sujetar rígidamente al niño. Es más importante evitar lesiones, colocar en posición segura si se puede, aspirar secreciones si comprometen la vía aérea, comprobar glucemia y registrar la duración.
La duración real de la crisis debe anotarse. Una crisis que parece breve puede haber iniciado antes de la llegada a urgencias o en domicilio. La información de la familia sobre inicio, tipo de movimientos, desviación ocular, pérdida de conciencia, fiebre, traumatismo, tóxicos o antecedentes epilépticos o crisis convulsivas febriles previas ayuda a orientar.
Una convulsión prolongada, repetida, focal, asociada a bajo nivel de conciencia persistente, signos meníngeos, traumatismo, hipoglucemia o intoxicación debe considerarse de mayor riesgo.
8.13 DOLOR PEDIÁTRICO
El dolor pediátrico debe valorarse de forma activa. El niño puede expresarlo verbalmente, pero también mediante llanto, inmovilidad, defensa, rechazo a caminar, irritabilidad, cambios de conducta o postura antiálgica.
La escala debe adaptarse a edad y desarrollo: escalas conductuales en lactantes o no comunicadores, escalas de caras en niños pequeños y escala numérica en niños mayores.
El control del dolor mejora la exploración, reduce ansiedad y evita experiencias traumáticas. En procedimientos, deben considerarse medidas farmacológicas y no farmacológicas: presencia de familiares, distracción, sacarosa en lactantes si el protocolo la contempla, anestesia tópica cuando no retrase una urgencia, explicación honesta y ambiente calmado.
Tras analgesia debe reevaluarse dolor, nivel de sedación, respiración y posibles efectos adversos.
8.14 COMUNICACIÓN CON NIÑO Y FAMILIA
La familia forma parte de la atención pediátrica. Aporta información sobre conducta basal, síntomas, ingesta, diuresis, medicación, alergias y evolución. Además, su presencia puede disminuir miedo y facilitar la cooperación del niño.
La comunicación debe adaptarse a la edad. Al niño se le debe explicar lo que va a ocurrir con palabras sencillas y honestas. No conviene prometer que algo no dolerá si puede doler. es mejor decir que puede molestar, que se hará rápido y que se le va a ayudar.
Con la familia, la enfermera debe ser clara sobre los signos de alarma y la pauta de cuidados al alta, especialmente en fiebre, dificultad respiratoria, gastroenteritis, traumatismos, dolor y administración de medicación.
8.15 SOSPECHA DE MALTRATO O NEGLIGENCIA
La sospecha de maltrato infantil requiere atención cuidadosa, discreta y protocolizada. La enfermera puede detectar datos relevantes durante la observación, la entrevista, la exploración o la interacción con los cuidadores.
Deben alertar lesiones incompatibles con el relato, retraso injustificado en consultar, versiones cambiantes, lesiones en diferentes fases evolutivas, quemaduras con patrón definido, hematomas en localizaciones no habituales, fracturas no explicadas, intoxicaciones no aclaradas, falta de supervisión grave o abandono de cuidados básicos.
Ante sospecha, no debe confrontarse de forma impulsiva a la familia. Debe comunicarse al equipo y activar el circuito establecido por el centro.
8.16 ALTA SEGURA EN PEDIATRÍA
El alta pediátrica debe incluir estabilidad clínica y seguridad familiar. No basta con que el niño “esté mejor” en urgencias. la familia debe entender qué hacer, qué medicación administrar, qué signos vigilar y cuándo volver.
Antes del alta conviene comprobar:
- Buen estado general o mejoría clara.
- Respiración estable.
- Hidratación suficiente o plan de rehidratación claro.
- Tolerancia oral si era un problema.
- Dolor controlado.
- Diuresis adecuada o instrucciones específicas.
- Medicación pautada por peso.
- Comprensión de dosis y horarios.
- Signos de alarma.
- Posibilidad de seguimiento.
Las instrucciones deben ser concretas, idealmente por escrito, y evitar frases ambiguas como “si lo ve mal”. Es más útil explicar: dificultad para respirar, somnolencia, manchas en la piel, rechazo persistente de líquidos, ausencia de orina, dolor que empeora, convulsiones o decaimiento importante.
8.17 RESUMEN PRÁCTICO DE ACTUACIÓN ENFERMERA
En el paciente pediátrico, la enfermera debe empezar observando antes de intervenir. El Triángulo de Evaluación Pediátrica permite identificar alteraciones de apariencia, trabajo respiratorio y circulación cutánea. Si el niño presenta signos de gravedad, la valoración debe continuar con ABCDE, adaptando vía aérea, material, dosis y comunicación a la edad.
El peso debe obtenerse y registrarse en kilogramos siempre que sea posible. Es un dato de seguridad, no un dato administrativo. Las dosis pediátricas, los fluidos, las perfusiones, la sedación y el material de reanimación dependen de él.
La dificultad respiratoria debe detectarse precozmente por el trabajo respiratorio, la capacidad para alimentarse o hablar, la evolución del esfuerzo y el estado mental. La saturación aislada no basta.
La circulación debe valorarse por perfusión, relleno capilar, pulsos, piel, estado mental y diuresis. La hipotensión es tardía.
Las pruebas complementarias deben usarse con proporcionalidad. La observación y la reevaluación son herramientas clínicas fundamentales en pediatría.
La familia es parte del cuidado y de la seguridad. Su información ayuda a identificar cambios clínicos y su comprensión es clave para un alta segura.
8.18 IDEAS CLAVE
- El niño no es un adulto pequeño: la vía aérea, la respiración, la circulación, la conducta y la farmacología son diferentes.
- En lactantes debe evitarse la hiperextensión cervical. suele buscarse posición neutra o de olfateo suave. En niños mayores puede utilizarse posición de olfateo adaptada.
- En lactantes, el pulso braquial es especialmente útil. en niños mayores se utilizan pulsos centrales como carotídeo o femoral en situaciones críticas.
- El TEP permite una primera valoración rápida y no invasiva.
- La taquipnea, el tiraje, la dificultad para alimentarse, el quejido y los cambios de conducta pueden preceder a signos tardíos como cianosis o agotamiento.
- La hipotensión es un signo tardío de shock pediátrico.
- El peso en kilogramos es imprescindible para dosificación segura.
- Las pruebas complementarias deben tener indicación clínica clara y minimizar punciones, dolor y radiación innecesaria.
- La reevaluación tras cada intervención es esencial.
- La familia aporta información clínica y forma parte de la seguridad del proceso.
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