La atención pediátrica en urgencias requiere una valoración específica, ya que el niño no es un adulto pequeño y presenta diferencias anatómicas y fisiológicas que condicionan la detección de la gravedad y el tratamiento. La valoración inicial comienza con el Triángulo de Evaluación Pediátrica (TEP), que analiza la apariencia, el trabajo respiratorio y la circulación cutánea, seguido de la valoración ABCDE para identificar de forma precoz situaciones de riesgo vital. La observación continua, la reevaluación y la adaptación de la comunicación al niño y su familia son fundamentales durante todo el proceso asistencial.
La dificultad respiratoria y el shock son dos de las principales urgencias pediátricas y deben reconocerse antes de la aparición de signos tardíos como la cianosis o la hipotensión. La valoración debe incluir el trabajo respiratorio, la perfusión, el nivel de conciencia, las constantes vitales y el peso en kilogramos, imprescindible para calcular de forma segura la dosificación de fármacos, fluidoterapia y material de reanimación. Las pruebas complementarias deben solicitarse con criterio, minimizando el dolor, las punciones innecesarias y la exposición a radiación, priorizando siempre la observación clínica y la reevaluación.
La enfermería desempeña un papel esencial en el abordaje de problemas frecuentes como la fiebre, la deshidratación, las convulsiones, el dolor y la dificultad respiratoria, además de detectar posibles situaciones de maltrato o negligencia. Antes del alta, es imprescindible comprobar la estabilidad clínica del niño, asegurar una adecuada hidratación, el control del dolor y que la familia comprende el tratamiento, las dosis según el peso y los signos de alarma que requieren una nueva valoración, garantizando así una atención segura y centrada en el paciente pediátrico.
