El manejo farmacológico en situaciones de urgencia requiere una adaptación precisa a las características fisiológicas de poblaciones especiales. En las gestantes, los cambios en el volumen plasmático, el metabolismo hepático, la función renal y la unión a proteínas modifican la respuesta a los fármacos, obligando a ajustar dosis y seleccionar medicamentos con bajo riesgo teratogénico. La enfermería debe evitar fármacos contraindicados como los AINEs en el tercer trimestre, aplicar protocolos específicos, y educar a la paciente sobre adherencia y seguridad.
En pediatría, la inmadurez de órganos, la mayor proporción de agua corporal y la barrera hematoencefálica incompleta aumentan la sensibilidad y el riesgo de toxicidad. Por ello, las dosis deben calcularse siempre por kg de peso, priorizando fármacos con evidencia de uso pediátrico. La enfermería cumple un rol clave al garantizar la exactitud de las dosis, detectar efectos adversos precoces y formar a los cuidadores sobre una administración segura.
En adultos mayores, la disminución de la filtración glomerular, la reducción del metabolismo hepático y los cambios en la composición corporal aumentan la sensibilidad y el riesgo de acumulación de fármacos. Se debe prestar especial atención a fármacos depresores del SNC, hipotensores y anticolinérgicos. La enfermería debe revisar tratamientos, aplicar criterios de prescripción segura (como Beers o STOPP-START), y detectar signos de efectos adversos frecuentes como caídas o confusión, promoviendo además la simplificación de pautas y la adherencia al tratamiento.
