El transporte sanitario (TS) implica no solo el traslado físico del paciente, sino también un conjunto de efectos psicológicos y fisiopatológicos que pueden influir en su evolución clínica. El impacto emocional del traslado puede reducirse mediante una comunicación clara con el paciente y sus acompañantes, explicando el motivo, duración y destino del viaje. En el ámbito fisiológico, diversos factores —como la gravedad, aceleración, ruido, vibraciones, temperatura, turbulencias y altura— pueden alterar las constantes vitales y agravar el estado del enfermo, por lo que deben conocerse y controlarse.
Las aceleraciones y deceleraciones producen desplazamientos de líquidos corporales que pueden causar hipotensión, taquicardia o, en sentido contrario, hipertensión y bradicardia. Por ello, se recomienda una conducción suave, anclaje seguro de la camilla y uso de cinturones de seguridad. El ruido, especialmente intenso en el transporte aéreo (hasta 110 dB), puede dificultar la auscultación, provocar ansiedad y alterar la frecuencia cardiaca, mientras que las vibraciones —entre 4 y 12 Hz las más dañinas— generan molestias y microlesiones vasculares, por lo que deben minimizarse mediante un buen mantenimiento del vehículo, suspensión adecuada y colchones de vacío.
La temperatura, las turbulencias y la altura también influyen en la fisiología del paciente. El frío favorece la hipotermia y el colapso circulatorio, mientras que el calor induce vasodilatación y desequilibrio metabólico; por ello, debe mantenerse una temperatura estable entre 18 °C y 26 °C. En el transporte aéreo, las turbulencias afectan la monitorización y la altura puede causar hipoxemia por reducción de la presión parcial de oxígeno a partir de los 1 000 m, siendo necesario ajustar la FiO₂ y monitorizar la saturación con pulsioximetría. Un manejo adecuado de estos factores garantiza un traslado más seguro, confortable y fisiológicamente estable para el paciente.
