La seguridad en el transporte sanitario constituye un pilar esencial en la atención prehospitalaria e interhospitalaria, garantizando la protección tanto del paciente como del equipo asistencial frente a los riesgos derivados del movimiento, la urgencia o las condiciones del entorno. Para asegurar un traslado eficaz y sin incidentes, se requieren protocolos estandarizados, formación continua, evaluación constante y equipamiento adaptado a las exigencias de cada situación. Esta seguridad se estructura en dos ejes complementarios: la del paciente, centrada en su estabilidad clínica y protección física, y la del personal sanitario, orientada a prevenir lesiones, estrés y contagios.
La seguridad del paciente implica una valoración y estabilización previa antes del traslado (vía aérea, ventilación, circulación, analgesia y monitorización), así como el uso de sistemas de inmovilización y sujeción firmes que eviten desplazamientos o agravamiento de lesiones. Además, mantener un entorno clínico adecuado —temperatura estable, control de constantes y acceso a equipamiento vital— es fundamental. La elección de la posición de traslado (supino, Fowler, lateral, Trendelemburg, etc.) depende del tipo de patología, pues influye directamente en la ventilación, la hemodinámica y el confort del paciente.
Por su parte, la seguridad del equipo sanitario exige una gestión activa de los riesgos físicos, psicológicos y biológicos. La ergonomía, el uso de arneses y EPIs, y el mantenimiento del vehículo reducen accidentes laborales. En el ámbito emocional, la exposición a emergencias críticas demanda apoyo psicológico y una organización que priorice el bienestar. Finalmente, la bioseguridad es clave frente a enfermedades infecciosas: limpieza exhaustiva del vehículo, uso adecuado de equipos de protección, formación en control de infecciones y vacunación periódica. En conjunto, estas medidas refuerzan una cultura de seguridad integral en el transporte sanitario, protegiendo a quienes cuidan y a quienes son cuidados.
