El transporte sanitario tiene sus raíces en las primeras formas de evacuación de heridos y enfermos observadas desde la Antigüedad, cuando civilizaciones como Egipto, Grecia y Roma improvisaban traslados sin una estructura organizada. Durante la Edad Media, los Caballeros Hospitalarios y otras órdenes religiosas ofrecían auxilio a los heridos, pero aún sin protocolos ni sistemas estandarizados, lo que limitaba la eficacia asistencial. Estos antecedentes reflejan una etapa dominada por la atención empírica y la ausencia de coordinación sanitaria.
El gran salto histórico llegó con Dominique Jean Larrey, cirujano del ejército napoleónico, quien en 1793 diseñó las primeras “ambulancias volantes”, precursoras del transporte sanitario moderno. Larrey introdujo conceptos innovadores como el triaje según gravedad, la atención precoz y la movilidad rápida hacia puntos de tratamiento, principios que sentaron las bases de los actuales Servicios de Emergencias Médicas (SEM). A partir de entonces, los avances tecnológicos y bélicos de los siglos XIX y XX impulsaron el desarrollo de ambulancias motorizadas, trenes y aviones sanitarios, configurando una auténtica cadena asistencial organizada.
Durante la segunda mitad del siglo XX nació el modelo moderno de atención prehospitalaria, con la profesionalización del personal y la creación de centros coordinadores de urgencias. Se consolidaron dos modelos operativos: el anglosajón, centrado en técnicos paramédicos con protocolos estandarizados, y el europeo, basado en la presencia de médicos en el lugar del incidente. Ambos convergen hoy en sistemas integrados que combinan eficacia logística, capacidad clínica y tecnología avanzada, consolidando al transporte sanitario como un elemento esencial de la atención urgente y de la cadena de supervivencia.
