El triaje neurológico tiene como objetivo identificar precozmente a pacientes con riesgo vital, urgencias tiempo-dependientes o posibilidad de deterioro neurológico rápido, sin necesidad de establecer un diagnóstico definitivo. Los principales signos de alarma son la focalidad neurológica de inicio brusco, la alteración aguda del lenguaje, la desviación facial, la disminución del nivel de conciencia, la cefalea súbita e intensa, las convulsiones prolongadas o repetidas, la rigidez de nuca, la anisocoria nueva y la inestabilidad grave. La recogida de información debe incluir la hora exacta de inicio de los síntomas o última vez visto bien, la forma de comienzo, traumatismos, convulsiones, fiebre, anticoagulación, antecedentes neurológicos, consumo de tóxicos y el estado funcional y cognitivo previo. Estos datos permiten priorizar correctamente y facilitar las decisiones diagnósticas y terapéuticas posteriores.
La valoración inicial en triaje debe ser rápida y estructurada, combinando el enfoque ABCDE con una exploración neurológica breve y dirigida. Se debe valorar la protección de la vía aérea, el patrón respiratorio, la oxigenación, la situación hemodinámica y, especialmente, el nivel de conciencia, el estado mental, el lenguaje, las pupilas, la simetría facial, la fuerza y la presencia de focalidad neurológica. La glucemia capilar es fundamental ante cualquier alteración neurológica aguda para descartar causas metabólicas reversibles. Las escalas ayudan a objetivar y comunicar los hallazgos, destacando la Escala de Coma de Glasgow para valorar la conciencia, FAST y Cincinnati para detectar rápidamente signos de ictus y BE-FAST, que incorpora alteraciones del equilibrio y la visión y resulta especialmente útil en ictus de circulación posterior. La NIHSS permite cuantificar la gravedad del déficit neurológico en el ictus, mientras que la escala de Rankin modificada valora el grado de discapacidad y dependencia funcional previa.
El rol de enfermería en el triaje neurológico es clave para la seguridad del paciente, ya que implica reconocer signos de alarma, establecer la prioridad asistencial, controlar constantes y glucemia, detectar cambios durante la espera y comunicar precozmente la sospecha clínica. Los pacientes con ictus o focalidad aguda, disminución del nivel de conciencia, crisis convulsivas, cefalea de alarma o vértigo asociado a diplopía, disartria o ataxia requieren una valoración prioritaria. Entre los principales errores se encuentran banalizar síntomas neurológicos vagos, no registrar la hora de inicio, omitir la glucemia o interpretar alteraciones neurológicas como ansiedad o confusión inespecífica sin una valoración estructurada. El triaje debe ser dinámico, ya que la situación clínica puede cambiar rápidamente, por lo que la reevaluación continua y la valoración clínica tienen siempre mayor importancia que una escala aislada.
