TEMA 4. CÓDIGO ICTUS Y ENFERMEDAD CEREBROVASCULAR AGUDA


El ictus es una urgencia neurológica tiempo-dependiente causada por una alteración brusca del flujo sanguíneo cerebral y puede clasificarse en ictus isquémico, producido por la oclusión de una arteria, e ictus hemorrágico, causado por la rotura de un vaso sanguíneo. En el ictus isquémico se forma un núcleo de infarto irreversible rodeado por la penumbra isquémica, un tejido todavía viable que puede recuperarse mediante tratamientos de reperfusión. El ataque isquémico transitorio (AIT) provoca una disfunción neurológica temporal sin infarto agudo establecido, pero constituye una importante señal de alarma vascular y requiere valoración urgente. Los principales signos de ictus son la aparición brusca de debilidad unilateral, alteración del lenguaje, pérdida de sensibilidad, desviación facial, pérdida visual, ataxia, diplopía, disartria o disminución del nivel de conciencia, por lo que su reconocimiento precoz y el registro exacto de la hora de inicio o última vez visto bien son fundamentales.

El código ictus es un circuito asistencial destinado a reducir los tiempos de diagnóstico y tratamiento, facilitando el acceso rápido a la neuroimagen, la valoración especializada y los tratamientos de reperfusión. La valoración inicial debe incluir la estabilización de la vía aérea, respiración y circulación, la glucemia capilar, las constantes vitales, los antecedentes de anticoagulación y la situación funcional previa, junto con una exploración neurológica dirigida y la NIHSS para valorar la gravedad del déficit. El tratamiento del ictus isquémico puede realizarse mediante fibrinólisis intravenosa, cuya ventana estándar es de hasta 4,5 horas, o mediante trombectomía mecánica, especialmente en oclusiones de gran vaso, generalmente dentro de las primeras 6 horas y hasta 16 o 24 horas en pacientes seleccionados mediante neuroimagen. El ictus del despertar no debe excluirse automáticamente del tratamiento, ya que algunos pacientes pueden beneficiarse de reperfusión si la neuroimagen demuestra la existencia de tejido cerebral recuperable.

El papel de enfermería es esencial durante todo el proceso asistencial e incluye reconocer rápidamente la sospecha de ictus, registrar la hora de inicio, controlar constantes y glucemia, canalizar accesos venosos, preparar pruebas urgentes y realizar una monitorización neurológica y hemodinámica estrecha. También debe prevenir el daño cerebral secundario, mantener una adecuada oxigenación y perfusión, controlar la glucemia y la temperatura y evitar complicaciones como la broncoaspiración, las caídas y las consecuencias de la inmovilidad. No debe administrarse nada por vía oral hasta valorar la seguridad de la deglución, y tras la fibrinólisis o trombectomía es fundamental vigilar signos de complicación como empeoramiento neurológico, cefalea intensa, vómitos o disminución del nivel de conciencia. La reevaluación neurológica continua, la detección precoz del deterioro y la reducción de demoras evitables son claves para mejorar el pronóstico y reducir la discapacidad asociada al ictus.