La epilepsia es un trastorno cerebral caracterizado por una predisposición persistente a presentar crisis epilépticas, que son episodios transitorios producidos por una actividad neuronal excesiva y anómala y pueden manifestarse con síntomas motores, sensitivos, autonómicos, conductuales o alteración de la conciencia. Las crisis se clasifican principalmente en focales, originadas en un hemisferio cerebral, y generalizadas, que afectan desde el inicio a redes bilaterales. La complicación más grave es el estatus epiléptico, definido operativamente como una crisis tónico-clónica generalizada de 5 minutos o más o crisis repetidas sin recuperación completa de la conciencia, y requiere tratamiento inmediato. Las causas pueden ser tóxicas, estructurales, infecciosas, metabólicas o farmacológicas, siendo fundamental buscar una causa aguda ante una primera crisis, crisis repetidas, focalidad persistente, fiebre, traumatismo o una recuperación postcrítica anormal.
El manejo inicial de una crisis epiléptica debe ser estructurado e incluir el cronometraje de la crisis, la valoración ABCDE, la glucemia capilar inmediata, la monitorización de constantes y la canalización de una vía venosa periférica. Durante la convulsión se debe proteger al paciente de lesiones, despejar el entorno y vigilar la respiración, pero no se debe sujetar por la fuerza, forzar la apertura de la boca, introducir objetos ni administrar nada por vía oral. Si la crisis dura 5 minutos o más, debe tratarse como un estatus epiléptico y administrar precozmente benzodiacepinas como tratamiento de primera línea. Si la actividad epiléptica persiste, se utilizan fármacos antiepilépticos intravenosos como levetiracetam, valproato o fenitoína/fosfenitoína y, ante un estatus refractario, puede ser necesario el control avanzado de la vía aérea, sedación, monitorización intensiva e ingreso en una unidad de críticos. Tras la crisis debe vigilarse estrechamente el periodo postcrítico, ya que una recuperación anormalmente lenta puede indicar un estatus no convulsivo, una lesión estructural o una alteración metabólica.
El rol de enfermería es esencial durante todas las fases de la atención, desde la identificación y protección inicial hasta la administración del tratamiento y la vigilancia postcrítica. La enfermera debe reconocer la duración y características de la crisis, garantizar un entorno seguro, controlar la vía aérea, respiración, circulación y glucemia, monitorizar las constantes y vigilar el riesgo de broncoaspiración, hipoventilación y deterioro neurológico. Si la crisis persiste, debe preparar y administrar el tratamiento urgente, registrar con precisión los tiempos, los fármacos utilizados y la respuesta clínica, y reforzar la vigilancia respiratoria y hemodinámica. La reevaluación seriada es fundamental para comprobar la recuperación del nivel de conciencia y detectar focalidad, nuevas crisis o alteraciones respiratorias. Entre los principales errores se encuentran no cronometrar la crisis, olvidar la glucemia, retrasar el tratamiento de una convulsión prolongada, realizar maniobras inadecuadas durante la crisis o atribuir automáticamente una alteración persistente de la conciencia al periodo postcrítico.
