La pancreatitis aguda (PA) es un proceso inflamatorio súbito del páncreas que puede afectar tejidos circundantes y órganos a distancia. Su diagnóstico requiere al menos dos criterios: dolor abdominal sugestivo, elevación de lipasa o amilasa sérica ≥3 veces lo normal, o hallazgos característicos en TC o ecografía. Clínicamente, se clasifica en leve (75-85%), con curso autolimitado y edema intersticial, y grave (15-25%), asociada a insuficiencia orgánica o complicaciones locales como necrosis o abscesos pancreáticos. La inflamación provoca alteraciones en la microcirculación pancreática, con edema, aumento de permeabilidad vascular e isquemia, pudiendo desencadenar síndrome de respuesta inflamatoria sistémica (SIRS) en los casos graves.
Las causas más frecuentes son litiasis biliar (40-70% de los casos, sobre todo en mujeres) y alcoholismo crónico (15-30%, más frecuente en varones), aunque también se incluyen hipertrigliceridemia, ciertos medicamentos, trauma abdominal, infecciones virales, CPRE y causas idiopáticas. Los síntomas principales son dolor abdominal súbito en el hemiabdomen superior con irradiación a la espalda, náuseas, vómitos, fiebre, diarrea, hemorragia digestiva, disnea, alteraciones del estado mental, taquicardia y signos de mala perfusión periférica. La necrosis pancreática y la infección asociada representan factores clave de morbilidad y mortalidad.
La gravedad se evalúa según los criterios de Atlanta (leve, moderada y grave) y mediante escalas pronósticas como Ranson y APACHE II, que ayudan a predecir riesgo de complicaciones y mortalidad. El manejo inicial se centra en la estabilidad hemodinámica: reposición de líquidos con cristaloides, control del dolor con morfina, ayuno inicial y nutrición enteral precoz si es tolerada. Tratamientos específicos incluyen CPRE en pancreatitis litiásica complicada y plasmaféresis en hipertrigliceridemia severa. La infección de la necrosis pancreática requiere vigilancia estrecha y, en ocasiones, antibióticos profilácticos.
Entre las complicaciones, las locales incluyen necrosis pancreática y pseudoquistes, mientras que las sistémicas abarcan shock hipovolémico y SIRS con riesgo de fallo multiorgánico. El papel de enfermería es fundamental: monitorización continua de signos vitales, diuresis y estado hemodinámico, manejo del dolor y vómitos, cuidado de sondas gastrointestinales, control de electrolitos y soporte nutricional, priorizando la vía enteral. Además, se incluye educación al paciente sobre la enfermedad, prevención de factores de riesgo y apoyo emocional.
Las intervenciones enfermeras clave comprenden monitorización de signos vitales, manejo del dolor y vómitos, sondaje gastrointestinal, interpretación de laboratorio, manejo de electrolitos, nutrición enteral y monitorización hemodinámica invasiva, junto con medidas de reducción de ansiedad, asegurando una atención integral que mejora significativamente los resultados clínicos en pancreatitis aguda.
