La fluidoterapia intravenosa es una intervención esencial en los servicios de urgencias para corregir y mantener el equilibrio hidroelectrolítico y ácido-base del paciente. El cálculo de las necesidades hídricas puede realizarse mediante la regla 4-2-1, teniendo en cuenta el peso corporal, y se deben valorar las pérdidas tanto cuantificables (orina, heces, vómitos) como insensibles (sudor, respiración). Esta estrategia se indica en casos como shock hipovolémico, sepsis, trauma grave o insuficiencia renal aguda. La monitorización se basa en parámetros clínicos (TA, FC, diuresis), bioquímicos (ionograma, osmolaridad, GSA) y, en pacientes críticos, a través de sistemas invasivos (PVC, GC, PAP).
Existen dos tipos principales de soluciones: cristaloides y coloides. Los cristaloides isotónicos, como el suero salino 0.9% y el Ringer Lactato, son los más utilizados para expansión de volumen, mientras que los balanceados como Plasma-Lyte ofrecen un mejor perfil ácido-base. Los hipertónicos, como el NaCl 3%, se reservan para hiponatremias sintomáticas o TCE con edema cerebral, y deben administrarse con extrema precaución. Los coloides naturales, como la albúmina, pueden usarse en hipoalbuminemias o shock refractario a cristaloides, aunque su uso está limitado por su coste y riesgos. Los coloides artificiales (gelatinas, HES, dextranos) presentan mayor riesgo de efectos adversos y están desaconsejados por las guías clínicas en la mayoría de contextos.
Las complicaciones más frecuentes incluyen la sobrecarga de volumen (con riesgo de edema pulmonar o cerebral), desequilibrios electrolíticos (como hiponatremia o acidosis hiperclorémica), y complicaciones mecánicas asociadas al acceso venoso (flebitis, extravasación, neumotórax). Una administración segura y eficaz de fluidoterapia requiere no solo seleccionar correctamente el tipo y volumen de solución, sino también realizar una monitorización continua y ajustar la estrategia terapéutica a las condiciones dinámicas del paciente.
