Las urgencias respiratorias pediátricas representan una de las principales causas de consulta en los servicios de urgencias y pueden evolucionar rápidamente hacia insuficiencia respiratoria si no se reconocen y tratan de forma precoz. La valoración inicial debe centrarse en la identificación de signos de gravedad como taquipnea, uso de musculatura accesoria, tiraje, estridor, alteración del nivel de conciencia o disminución de la saturación de oxígeno. Herramientas como el Triángulo de Evaluación Pediátrico (TEP) y la pulsioximetría permiten detectar de forma temprana a los pacientes con mayor riesgo, siendo fundamental una evaluación clínica sistemática y repetida para orientar el tratamiento y prevenir el deterioro clínico.
La crisis asmática, la laringitis aguda (crup) y la obstrucción de la vía aérea por cuerpo extraño (OVACE) constituyen algunas de las emergencias respiratorias pediátricas más frecuentes. La crisis asmática se caracteriza por broncoespasmo, inflamación bronquial y dificultad respiratoria, tratándose principalmente con salbutamol, corticoides sistémicos y oxigenoterapia cuando existe hipoxemia. La laringitis aguda provoca inflamación de la vía aérea superior y se manifiesta por tos perruna, disfonía y estridor, siendo la dexametasona y la adrenalina nebulizada los tratamientos de elección. En la OVACE, la identificación rápida de una obstrucción grave y la aplicación inmediata de maniobras de desobstrucción adaptadas a la edad del niño son esenciales para evitar la asfixia y la parada cardiorrespiratoria.
La bronquiolitis aguda, frecuente en lactantes menores de un año y habitualmente causada por el virus respiratorio sincitial (VRS), produce inflamación bronquiolar, aumento de secreciones y alteración del intercambio gaseoso. Su manejo se basa fundamentalmente en medidas de soporte respiratorio, mantenimiento de una adecuada hidratación, lavados nasales y administración de oxígeno cuando existe hipoxemia, reservando técnicas más avanzadas como el alto flujo, la CPAP o la ventilación mecánica para los casos graves. En todas estas patologías, el papel de enfermería resulta fundamental en la monitorización continua, la administración de tratamientos, la detección precoz de complicaciones y la educación a las familias sobre los signos de alarma y los cuidados necesarios tras el alta.
