El transporte sanitario constituye un componente esencial de los Sistemas de Emergencias Médicas (SEM), al garantizar no solo el traslado de pacientes, sino también la movilización de los recursos humanos y tecnológicos necesarios para la atención urgente. Su correcta elección e implementación influyen directamente en la calidad, seguridad y tiempos de respuesta de la asistencia prehospitalaria. Dependiendo de la situación clínica, el objetivo del traslado y el medio empleado, el transporte sanitario se clasifica en emergente, urgente o programado, así como en primario, secundario o terciario, y puede realizarse por vía terrestre, aérea, marítima o mediante vehículos especiales.
El transporte terrestre es el más utilizado a nivel mundial por su versatilidad, accesibilidad y bajo coste. Incluye ambulancias no asistenciales (tipos A1 y A2) y asistenciales (tipos B y C), estas últimas equipadas para ofrecer soporte vital básico o avanzado. Por su parte, el transporte aéreo, a través de helicópteros medicalizados (HEMS) o aviones sanitarios, resulta fundamental en áreas de difícil acceso o para traslados interhospitalarios de larga distancia, aunque requiere mayor inversión y condiciones operativas específicas. En entornos costeros o insulares, el transporte marítimo cumple un papel clave en la continuidad asistencial mediante embarcaciones medicalizadas, ferries adaptados o barcos de rescate.
En contextos excepcionales, como catástrofes, crisis sanitarias o entornos extremos, se emplean vehículos especiales: unidades de incidentes con múltiples víctimas, ambulancias todoterreno, unidades de aislamiento biológico o vehículos logísticos de coordinación. La existencia de esta red diversa y complementaria permite adaptar la respuesta sanitaria a cualquier entorno geográfico o situación clínica, reforzando la resiliencia, accesibilidad y eficacia global del sistema de emergencias.
