TEMA 8. EL DOLOR EN LA EMERGENCIA PEDIÁTRICA


El dolor en la emergencia pediátrica es una experiencia sensorial y emocional con repercusiones fisiológicas, psicológicas y sociales importantes, por lo que reconocerlo y tratarlo precozmente es una prioridad clínica. En la infancia, el dolor mal controlado puede generar consecuencias inmediatas (estrés, alteraciones del sueño, ansiedad) y también a largo plazo, como hiperalgesia y mayor sensibilidad ante procedimientos futuros. Su valoración debe ser sistemática y adaptada a la edad y al desarrollo: en recién nacidos y lactantes se emplean escalas observacionales como NIPS o CRIES; entre 1 mes y 3 años es muy útil FLACC; y a partir de 3–4 años, cuando pueden comunicarse, se usan herramientas de autorreporte como Wong-Baker, escala numérica o EVA. Además, en neonatos y lactantes existe percepción del dolor desde etapas muy tempranas, con mecanismos inhibitorios aún inmaduros, lo que aumenta la sensibilidad y hace especialmente relevante evitar la exposición repetida a estímulos dolorosos.

El manejo combina medidas farmacológicas y no farmacológicas, eligiendo también la vía de administración más adecuada según urgencia y situación clínica. Se recomienda un enfoque escalonado: dolor leve con paracetamol o ibuprofeno; dolor moderado con combinación de no opioides y opioides menores; y dolor intenso con opioides mayores como morfina o fentanilo, preferentemente por vía IV y con posibilidad de titulación. En urgencias se usan principalmente las vías oral (casos leves/moderados y estables), IV (dolor moderado-severo), intranasal (rápida y no invasiva cuando el acceso venoso es difícil), y de forma más excepcional rectal, intramuscular o intraósea en situaciones críticas. Las estrategias no farmacológicas (distracción, contacto piel con piel, succión no nutritiva/sacarosa, presencia de los padres) reducen el estrés y mejoran la experiencia, y deben acompañar siempre al tratamiento. En escenarios como politrauma, quemaduras o procedimientos invasivos, la analgesia debe anticiparse y ajustarse (incluyendo anestésicos tópicos o sedoanalgesia cuando proceda), con reevaluación obligatoria tras cada intervención y un papel clave del personal de enfermería en la valoración, registro, administración protocolizada y educación a las familias.