Los traumatismos genitourinarios incluyen lesiones de riñones, uréteres, vejiga, uretra, pene y testículos, que pueden ser cerradas (contusión, laceración, hematoma) o abiertas (heridas penetrantes), y abarcan desde hemorragias leves hasta pérdida de función renal o sexual. El traumatismo renal, frecuente en accidentes de tráfico, caídas o heridas por arma, puede provocar dolor en flanco, hematuria, hematomas en región lumbar y, en casos graves, shock por hemorragia retroperitoneal. El TAC con contraste es la prueba de elección y el tratamiento va desde observación, reposo y analgesia en lesiones leves hasta cirugía urgente en traumatismos severos o abiertos, con soporte hemodinámico estrecho. Las lesiones uretrales, más habituales en varones, se asocian a sondajes traumáticos, caídas (uretra anterior) o fracturas pélvicas (uretra posterior) y se manifiestan con uretrorragia, hematuria, imposibilidad de orinar y hematoma perineal; su diagnóstico se apoya en cistouretrografía y exploración (elevación prostática al tacto rectal) y el tratamiento combina sondaje, reparación quirúrgica y medidas de soporte, con especial precaución de no empeorar la lesión mediante sondajes forzados. La uretritis, por su parte, es un síndrome miccional con exudado uretral y disuria, habitualmente de transmisión sexual (N. gonorrhoeae, C. trachomatis), que cursa con polaquiuria, disuria, orina turbia y secreción uretral, y se trata con hidratación, abstinencia sexual con preservativo y antibioterapia combinada (ceftriaxona/ciprofloxacino más doxiciclina o azitromicina), incluyendo el tratamiento de las parejas y educación en sexo seguro.
Entre los traumatismos genitales destaca la fractura de pene, rotura de la túnica albugínea del cuerpo cavernoso sobre pene erecto, típica durante relaciones sexuales o maniobras bruscas, que se presenta con dolor súbito e intenso, “chasquido” audible, deformidad en “pene roto” y hematoma masivo; constituye una urgencia quirúrgica que exige reparación inmediata de la albugínea y drenaje del hematoma para evitar curvatura residual y disfunción eréctil. En todos estos cuadros, el abordaje inicial se basa en la estabilización hemodinámica (vía aérea, oxígeno, fluidoterapia), monitorización continua de constantes, valoración sistemática del dolor y administración segura de analgésicos, junto con la observación de hematuria, diuresis, hematomas y signos de shock o sepsis. Las intervenciones enfermeras incluyen además el manejo adecuado de muestras (orina, exudado uretral), el control de la eliminación urinaria, el cuidado de heridas y piel perineal, la prevención de infecciones mediante técnica aséptica y educación al paciente sobre reposo, protección de la zona lesionada, cuidados de catéteres y signos de alarma, documentando de forma detallada la evolución clínica y la respuesta a los tratamientos para asegurar la continuidad y seguridad del cuidado.
