Los cambios de temperatura pueden alterar la eficacia de las vacunas, ya que por debajo de 0 °C pueden sufrir una inactivación irreversible por congelación, mientras que por encima de 8 °C pierden progresivamente su potencia según el tiempo de exposición y la temperatura alcanzada. Para evitarlo, es imprescindible mantener la cadena de frío, entendida como el conjunto de procedimientos de transporte, almacenamiento y distribución que garantizan la conservación de las vacunas en las condiciones recomendadas, siendo los profesionales sanitarios los responsables de su mantenimiento.
Las vacunas deben conservarse en un frigorífico exclusivo entre 2 °C y 8 °C, siendo 5 °C la temperatura ideal. Las vacunas de microorganismos vivos, por ser las más termolábiles, deben colocarse en las zonas más frías del frigorífico, mientras que la vacuna de la hepatitis B destaca por su mayor estabilidad frente a temperaturas elevadas. Es importante no llenar completamente el frigorífico, mantener una separación entre las vacunas y las paredes para facilitar la circulación del aire, evitar colocarlas en la puerta y descongelar periódicamente los frigoríficos sin sistema antiescarcha para impedir acumulaciones de hielo superiores a 5 mm.
El mantenimiento adecuado de la cadena de frío también requiere colocar botellas de agua o suero fisiológico en la balda inferior y la puerta para conservar la temperatura durante posibles averías o cortes eléctricos y reducir las variaciones térmicas al abrir el frigorífico. Además, debe existir un responsable del control de temperatura, utilizando un termómetro de máxima y mínima situado en la balda central y registrando las mediciones, al menos, cada 12 horas, con el fin de garantizar que las vacunas mantengan su estabilidad y eficacia hasta el momento de su administración.
