La enfermedad se entiende como un proceso dinámico que atraviesa distintas etapas, desde la ausencia de síntomas hasta su resolución o cronificación. En el periodo prepatogénico, aún no existen manifestaciones clínicas, pero actúan factores de riesgo, por lo que se aplican medidas de prevención primaria para evitar la aparición de nuevos casos. En el periodo patogénico, primero aparece una fase presintomática, donde la enfermedad puede detectarse precozmente mediante cribados, y posteriormente una fase clínica, en la que surgen signos y síntomas que permiten el diagnóstico y tratamiento. La evolución final puede llevar a la curación, cronificación o fallecimiento.
Los niveles de prevención buscan actuar en diferentes momentos del proceso de enfermedad para reducir su impacto. La prevención primaria pretende evitar que la enfermedad aparezca mediante acciones como la vacunación, la higiene o la promoción de hábitos saludables. La prevención secundaria se centra en la detección precoz mediante cribados, permitiendo diagnosticar enfermedades antes de que presenten síntomas y mejorar el pronóstico. Para que estas pruebas sean eficaces, la enfermedad debe ser relevante para la salud pública, detectable en fases tempranas y contar con tratamientos efectivos.
La prevención terciaria actúa sobre personas enfermas o con secuelas para reducir complicaciones, evitar recaídas y mejorar su rehabilitación y calidad de vida. Por su parte, la prevención cuaternaria busca evitar daños derivados de la propia atención sanitaria, es decir, prevenir la iatrogenia mediante la reducción de intervenciones innecesarias o potencialmente perjudiciales. En conjunto, estos niveles de prevención permiten abordar la enfermedad de manera integral, desde su aparición hasta la minimización de sus consecuencias.
