El tabaquismo es una enfermedad crónica y recurrente, por lo que debe abordarse como un problema de salud y no como un hábito o un vicio. Además del consumo directo, existen otras formas de exposición como el humo de segunda mano, el humo de tercera mano, formado por residuos tóxicos que permanecen adheridos a las superficies, y el humo de cuarta mano, derivado de la contaminación producida por las colillas. La prevención también incluye medidas de salud pública como el aumento de la fiscalidad del tabaco, la ampliación de los espacios sin humo, el empaquetado neutro, la restricción de la publicidad y la mejora del acceso a tratamientos eficaces para dejar de fumar.
El abordaje individual del tabaquismo se basa en el consejo breve y la entrevista motivacional, utilizando los principios RULE y la estrategia de las 5 R (Relevancia, Riesgos, Recompensas, Resistencias y Repetición) para aumentar la motivación hacia el abandono. La valoración del fumador incluye diferentes escalas, como el test de Fagerström para medir la dependencia a la nicotina, el test de Richmond para evaluar la motivación, el test de Glover-Nilsson para la dependencia psicológica y gestual, el HSI para la dependencia física y la escala MNWS para valorar el síndrome de abstinencia.
El tratamiento del tabaquismo combina intervenciones conductuales, terapia grupal y tratamiento farmacológico. La terapia grupal resulta coste-efectiva y se organiza en fases de preparación, abandono y mantenimiento, favoreciendo el apoyo entre iguales y la prevención de recaídas. Entre los tratamientos farmacológicos destacan la terapia sustitutiva con nicotina (TSN), el bupropión, la vareniclina, la citisina y las terapias combinadas, cuya elección debe individualizarse para aumentar las probabilidades de lograr una abstinencia mantenida.
