Las contraindicaciones vacunales son situaciones en las que la administración de una vacuna puede aumentar de forma importante el riesgo de efectos adversos graves. Las contraindicaciones permanentes o absolutas son únicamente dos: haber presentado una reacción anafiláctica tras una dosis previa de la misma vacuna y haber sufrido una encefalopatía o encefalitis en los siete días posteriores a una vacuna con componente antipertúsico, siempre que no exista otra causa que lo justifique y la recuperación no haya sido completa.
Las contraindicaciones temporales permiten administrar la vacuna cuando desaparece la situación que las provoca. Entre ellas destacan el embarazo y la inmunodepresión para las vacunas atenuadas, las enfermedades moderadas o graves, la administración reciente de inmunoglobulinas, que obliga a retrasar las vacunas atenuadas, y el tratamiento con antibióticos cuando se trata de vacunas bacterianas atenuadas, como la antitifoidea oral. También deben considerarse la relación entre la prueba de Mantoux y las vacunas de triple vírica o varicela, el aplazamiento de la vacuna de la tos ferina en pacientes con trastornos neurológicos inestables y las limitaciones según la edad, como la contraindicación de determinadas vacunas antes de los 6, 9 o 12 meses de vida.
Existen además contraindicaciones especiales relacionadas con determinadas alergias. La anafilaxia al huevo no contraindica la administración de las vacunas de triple vírica ni de la gripe, aunque sí se considera una contraindicación para la fiebre amarilla según el contenido del tema. La alergia a la levadura contraindica las vacunas frente a la hepatitis B y el virus del papiloma humano, mientras que una reacción anafiláctica a la neomicina impide administrar vacunas como varicela, triple vírica, polio, gripe, hepatitis A y rabia. En conjunto, es fundamental valorar las contraindicaciones de forma individual antes de cada vacunación para garantizar la máxima seguridad del paciente.
