Las reacciones adversas a las vacunas son, en su mayoría, leves y transitorias. Las reacciones locales son las más frecuentes e incluyen dolor, eritema, enrojecimiento, induración, edema, nódulo cutáneo y adenopatías regionales en el lugar de la inyección. Estas manifestaciones suelen aparecer poco tiempo después de la administración y se resuelven de forma espontánea sin producir complicaciones importantes.
Las reacciones generales o sistémicas comprenden la fiebre, los vómitos y las diarreas moderadas, así como el síncope vasovagal, más frecuente en adolescentes y adultos jóvenes, que aparece de forma inmediata tras la vacunación y suele estar relacionado con el miedo a la inyección. No se recomienda administrar paracetamol o ibuprofeno de forma preventiva, ya que pueden disminuir la respuesta inmunitaria, aunque sí están indicados para tratar la fiebre superior a 38 °C o el dolor cuando estos aparecen tras la vacunación.
La reacción adversa más grave es el shock anafiláctico, que suele producirse durante la primera media hora tras la administración de la vacuna. Se caracteriza por dificultad respiratoria, taquicardia, hipotensión, sudoración, palidez, angioedema, exantema generalizado y shock, requiriendo atención inmediata. Las vacunas con mayor número de reacciones anafilácticas descritas son la triple vírica, la hepatitis B y los toxoides tetánico y diftérico, motivo por el que se recomienda mantener al paciente en observación entre 15 y 30 minutos después de la vacunación para detectar y tratar precozmente cualquier reacción grave.
