Victoria Camps en su libro Tiempo de cuidados escribe “Cuidar consiste en una serie de acompañamiento, atención, ayuda a las personas que lo necesitan, pero es al mismo tiempo una manera de hacer las cosas, una manera de actuar y relacionarnos con los demás. Cuidar implica desplegar una serie de actitudes que van más allá de realizar unas tareas concretas de vigilancia, asistencia, ayuda o control; el cuidado implica afecto, acompañamiento, cercanía, respeto, empatía con la persona a la que hay que cuidar”.
1.1. ÉTICA Y ENFERMERÍA: EVOLUCIÓN HISTÓRICA
La ética es una rama de la filosofía que estudia la conducta humana. Se define como el conjunto de reglas morales que guían nuestras actuaciones, la ética no habla de lo que es, sino de lo que debería llegar a ser.
Las enfermeras desempeñan un papel vital en el sistema sanitario, y la ética es un aspecto esencial de su profesión. La ética en enfermería se refiere a los principios y valores que guían las decisiones y acciones de las enfermeras en la prestación de cuidados a los pacientes. Implica hacer juicios éticos y tomar decisiones basadas en el razonamiento moral y la comprensión de lo que está bien y lo que está mal.
La enfermería según Lydia Feito Grande en su libro Ética y enfermería, “es una actividad profesional cuyo sentido arranca de una “situación de indigencia” del ser humano, que es finito, lábil y doliente, y que requiere, en mayor o menor medida, de una atención solícita del otro. Es lo que podemos resumir en una palabra que, a pesar de nombrar una tarea que llevan a cabo muchas personas, se ha convertido en definición de la labor de enfermería: el cuidado. Una tarea con una dimensión social que está determinada por la interacción con otros quehaceres profesionales en el ámbito sanitario, con los individuos a nivel particular, y con las instituciones en las que se desarrolla. Es además una labor que requiere una especialización técnica, pero que no se reduce a ella, sino que añade también una relación y una comunicación entre seres humanos, lo cual implica la incorporación de valores y exige un análisis desde la dimensión ética”.
El núcleo central de la actividad enfermera es prestar cuidados, pero no está restringido a la enfermería, cuidar a un ser humano es algo esencial para la vida. Anne J. Davis, comparte que no existe ninguna ética específica para enfermería, sino que se sustenta en tres pilares:
- La ética principalista: principios de autonomía, beneficencia, no maleficencia y justicia. (Tom Beauchamp Y James Childress). Los cuatro principios de la ética principalista obligan prima facie, es decir, ofrecen un fundamento moral para el deber de actuar sin atender a ninguna otra circunstancia.
- La ética de la responsabilidad: actuar teniendo en cuenta las consecuencias de nuestras acciones. (Max Weber y Hans Jonas).
- La ética de la virtud: las virtudes que todo profesional sanitario debe tener o sería deseable encontrar. Aristóteles definió la virtud como la excelencia de carácter. Y serán estas virtudes las que van a hacer que los cuidados prestados por las enfermeras sean excelentes.
La enfermería ha pasado por diferentes etapas en las que el cuidado siempre ha estado presente. Su misión, centrada en ayudar a las personas, ha sido siempre un elemento fundamental en el mundo, requiriendo cada vez más formación, dedicación y el correcto desempeño de actividades cada vez más amplias y complejas.
Durante el siglo XX los profesionales de enfermería han alcanzado un estatus profesional reconocido en la sociedad. La misma transformación que se ha producido en la relación entre pacientes y profesionales sanitarios, donde ya no era posible mantener un modelo paternalista de obediencia, se da en la enfermería, abandonando el papel de obediencia y sumisión para defender su autonomía moral y su responsabilidad con los pacientes.
1.1.1. El cuidado a lo largo de la historia
En palabras de Diego Gracia: "lo constitutivo de toda actuación profesional sanitaria es el cuidado, no la curación. Esto tiene un refrendo en la propia historia de las palabras. No debemos olvidar que la palabra griega “therapeía” significó originariamente el acto de cuidar los objetos del templo, y que “therápaina” tiene en griego el sentido de persona dedicada al cuidado, bien del templo, bien de una casa. La terapéutica no consiste primaria ni formalmente en curar, sino en cuidar (...). Los cuidados son un elemento básico de toda relación humana y, en ese sentido, un índice de humanización. Dime cómo cuidas y te diré el grado de humanidad al que has llegado".
El término cuidado fue definido por Marie Francoise Collière en su libro Promover la vida como: “un acto de mantener la vida asegurando la satisfacción de un conjunto de necesidades indispensables, pero que son diversas en su manifestación. Las diferentes posibilidades de responder a estas necesidades vitales crean e instauran hábitos de vida propios de cada grupo o persona”.
El análisis de la práctica enfermera en la historia comprende cuatro etapas:
- Etapa doméstica del cuidado.
Comprende desde las primeras civilizaciones hasta la caída del Imperio Romano en el año 476 d. de C.
En la prehistoria, el cuidado del grupo y de la descendencia recaía en las mujeres, quienes debían asegurar la supervivencia de la especie, mientras los hombres se dedicaban a la caza, las mujeres recolectaban plantas. Fueron las primeras en descubrir las propiedades beneficiosas de algunas de ellas y administrarlas al grupo. También las mujeres se dedicaban a asistir los partos y cuidar a los niños. Posteriormente, en el Paleolítico, tras descubrir el fuego, trabajaron para mantenerlo ardiendo y preparar la comida. Aportan calidez y diversas medidas de alivio. Las primeras civilizaciones nos enseñaron rituales, exorcismos, oraciones… con fines curativos. Estos actos irracionales, escritos en papiros, contienen consejos que proporcionan sorprendentes conocimientos higiénicos y quirúrgicos. El mundo de los cuidados estaba conectado con el mundo de la magia y la religión, y estaba confinado al ámbito privado o dentro del hogar. Egipto destaca entre todas las civilizaciones por sus estándares excepcionales de higiene y saneamiento, gracias al control de la alimentación, la bebida, el ejercicio y las relaciones sexuales de su pueblo dentro de sus templos.
- Etapa vocacional del cuidado
Esta segunda etapa abarca desde el año 476 d. de C. hasta el siglo XVI, se caracteriza por una fuerte influencia del cristianismo, en el que el concepto de salud-enfermedad toma un valor religioso.
Los cristianos, expresaban su devoción a Dios a través de su cuidado y amor por los pobres y enfermos. Se establecen servicios de caridad (dirigidos por diáconos y diaconisas) para brindar servicios de atención a las personas más vulnerables de la sociedad. El cristianismo difunde la idea de la ayuda a los más desfavorecidos. Cuidar en este caso es un acto altruista, un acto de compasión y amor por el prójimo, un acto de renunciar a todas las posesiones materiales y exponerse libremente a la enfermedad sin esperar nada a cambio por el amor a Dios. El papel de la mujer en esta etapa es importante, las matronas ayudan en los nacimientos, y hay quienes atienden a los enfermos y necesitados no sólo en sus casas, sino también en instituciones de las que hay constancia documental desde la época del Imperio Romano.
El trabajo de enfermería comenzó a establecerse según preceptos monásticos, de los cuales surgieron reglas que definían las obligaciones de cuidar a los enfermos y los principios de enfermería. Posteriormente, las órdenes mendicantes no sólo incorporaron a los religiosos, sino también a los laicos dedicados al trabajo social, siguiendo las mismas normas. Su tarea principal es cuidar a los enfermos, lo cual es de gran importancia en tiempos de epidemia. En ese momento, las responsabilidades de las enfermeras estaban claramente definidas y se les exigía no solo cuidar a los enfermos, sino también ocuparse de las enfermerías. También se fundaron órdenes militares, como los Caballeros Hospitalarios, que apoyaron las Cruzadas y combinaron el trabajo de los guerreros con labores caritativas y de ayuda a los hospitales. Todo ello dio lugar a los inicios de la organización jerárquica, que introdujo la idea de participación voluntaria y el sentido de vocación.
Los hospitales, a partir del siglo XVI fueron considerados lugares donde los médicos realizaban tareas terapéuticas, mientras que los cuidados eran responsabilidad de las enfermeras. La curación ganó prestigio a la misma velocidad que el cuidado lo perdía. Los reglamentos hospitalarios identifican funciones específicas, definen responsabilidades y organizan a los empleados jerárquicamente. Se fundan órdenes religiosas como los Hermanos de San Juan de Dios, los Religiosos Camilos o las Hijas de la Caridad, todas ellas dedicadas a ayudar a los enfermos. Aparecieron los primeros manuales de enfermería, que recogían los conocimientos de enfermería de la época.
- Etapa técnica.
Se desarrolla a lo largo del siglo XIX y gran parte del XX y se caracteriza principalmente por la lucha contra la enfermedad. En este periodo, las personas encargadas de prestar los cuidados adquieren un papel auxiliar del médico.
Los avances científicos y las posibilidades técnicas, hacen que los tratamientos cada vez sean más complejos y no se puedan realizar en las casas, por lo que la asistencia se centra en los hospitales y queda en manos de los médicos que son los que disponen de la formación necesaria.
En este contexto surge la figura de Florence Nightingale (1820-1910), nacida en una familia de clase alta, interesada por los temas sociales y sanitarios. En 1840 comenzó a estudiar matemáticas y en 1850 comienza a estudiar enfermería en el Institute of Protestant Deaconesses en Kaisersworth, Alemania, donde recibe formación durante dos años. En 1984 se inicia la guerra de Crimea y es llamada al servicio del gobierno, Nightingale y 38 mujeres más parten hacia Turquía para cuidar a los heridos y enfermos.
Durante este tiempo recopiló datos y organizó un sistema de registros que, gracias a sus conocimientos matemáticos y a sus esfuerzos, contribuyó a que descendiera enormemente la mortalidad. Demostrando así, que la mejora de la higiene en los cuidados de los heridos, la nutrición y los métodos sanitarios empleados disminuían el número de muertes.
En 1860, funda la Nightingale School, escuela de entrenamiento que se basa en dos principios: adquirir experiencias prácticas en hospitales organizados y vivir en un hogar para moldear una vida moral y disciplinada. Nightingale considera las labores del cuidado, algo propio de la condición femenina. Afirmando que para ser buena enfermera hace falta ser una buena mujer, su condición de subordinación y sirvienta del médico hará que las enfermeras no tengan ninguna posibilidad de formar sus propios juicios éticos y profesionales.
Juramento Nightingale, 1983.
“Prometo solemnemente ante Dios y en presencia de esta asamblea llevar una vida pura y practicar mi profesión fielmente. Me abstendré de todo aquello que sea perjudicial y atrevido, y no tomaré ni administraré deliberadamente ningún fármaco nocivo. Haré todo lo que esté en mi mano para conservar y elevar el nivel de mi profesión, y mantendré en secreto todas las cuestiones personales confiadas a mi custodia, y todos los asuntos familiares que lleguen a mi conocimiento en el ejercicio de mi vocación. Me esforzaré con lealtad por ayudar al médico en su trabajo, y me consagraré al bienestar de todos aquellos entregados a mi cuidado.”
Para Nightingale la función de la enfermera era “poner al paciente en las mejores condiciones para que la naturaleza actúe”.
- Etapa profesional.
La enfermería se consolida como disciplina y como profesión, siendo el eje central el cuidado de la salud de la población. Comprende las últimas décadas del siglo XX hasta la actualidad.
Entre 1960 y 1980 se produce un cambio radical en la profesión por varios motivos:
- La mayor formación de las enfermeras les confiere un mayor grado de competencia técnica. La obligación de la enfermera ya no es con la enfermedad sino con el enfermo.
- La reivindicación de la igualdad de derechos para las mujeres y los movimientos feministas, pone en tela de juicio el papel de subordinación adquirido hasta estos momentos.
- Los avances tecnológicos y científicos dan lugar a nuevos problemas éticos, por ello es necesario un nuevo enfoque, que será el de la bioética.
- Cambia la relación sanitaria, los derechos de los pacientes y su capacidad de decisión frente a la imposición del médico, dan lugar al consentimiento informado fundamentado en la autonomía.
- El enfermo ya no es un objeto a tratar, sino un sujeto que padece una enfermedad.
Esta nueva situación aparece reflejada en el código ético de la profesión de enfermería del Consejo Internacional de Enfermeras, en 1953.
Los cuidados de enfermería fueron definidos por Virginia Henderson en 1985 como: “asistir al individuo, enfermo o sano, en la realización de las actividades que contribuyan a la salud o a su recuperación (o a una muerte en paz), que él realizaría por si solo si tuviera la fortaleza, voluntad o conocimientos necesarios”. Esta definición está centrada exclusivamente en el individuo y en los cuidados más específicos a nivel físico. Al final de la época de los 70, M. Leininger define el cuidado como: “aquellos métodos humanísticos y científicos, aprendidos cognitivamente, de ayudar o permitir a un individuo, una familia o una comunidad recibir servicios personalizados a través de modos de cuidado, procesos, técnicas y patrones específicos, para mejorar o mantener una condición favorablemente saludable para la vida o la muerte”. L. Curtin irá más allá, expresa que la enfermería está basada en un compromiso moral de cuidado a otros seres humanos, y B. Carper analizará el origen de esta preocupación por el cuidado, que sitúa en un proceso de despersonalización de la asistencia sanitaria, producido por un exceso de tecnificación y especialización. A partir de las aportaciones de estas autoras, el cuidado será un elemento fundamental en todas las teorías enfermeras.
1.2. BIOÉTICA
En 1970 nace en Estados Unidos la bioética como disciplina, cuando V.R. Potter (1911-2001), bioquímico dedicado a la investigación oncológica, utiliza por primera vez este término en un artículo titulado Bioethics: the science of survival (“Bioética: La ciencia de la supervivencia”). Posteriormente el mismo autor en 1971 publica un libro con el título Bioethics: bridge to the future (“Bioética: puente hacia el futuro”). Su objetivo es designar una nueva disciplina, la bioética que vinculaba la vida, bios, y la moral, ethos.
En los años posteriores hay un importante desarrollo y en 1978 ya existe una Enciclopedia de la bioética donde aparece una posible definición: “la bioética es el estudio sistemático de la conducta humana en el área de las ciencias de la vida y del cuidado de la salud, en cuanto que dicha conducta es examinada a la luz de los valores y de los principios morales”.
La bioética pretende ofrecer un marco de análisis, una pauta para la reflexión y un procedimiento de toma de decisiones, como respuesta a los nuevos problemas derivados del desarrollo técnico-científico y la reflexión ética y social.
La bioética tiene una serie de características como recoge Lydia Feito Grande en su libro “Ética y enfermería”:
- Compleja: ha de dar cuenta de fenómenos complejos.
- Interdisciplinar: es necesario articular perspectivas y disciplinas diferentes.
- Racional: basada en razones.
- Deliberativa: basada en el diálogo respetuoso a la búsqueda de mínimos compartidos.
- Abierta: siempre inacabada y en proceso de revisión.
- Dinámica: capaz de adaptarse a los cambios.
1.2.1. Reseña histórica
Los documentos más relevantes que han influido en la creación, fundamentación y regulación de la bioética son los siguientes:
- Código de Hammurabi (1750 a.C.): en uno de los primeros conjuntos de leyes conocidas, el Código de Hammurabi, se incluyen disposiciones para la práctica de la medicina y la responsabilidad de los médicos en la antigua Mesopotamia, fijando los honorarios de éstos en función del estatus social de las personas que atendían, por ejemplo.
- Código de Ética Médica de Hipócrates (400 a.C.): este código es ampliamente conocido como "Juramento hipocrático", y en él se establecen los principios éticos para los profesionales que ejercían la medicina en Grecia. En la versión original podemos destacar el deber de confidencialidad y la prohibición de la eutanasia y el aborto.
- Carta Magna (1215): redactada por el arzobispo de Canterbury para calmar las tensiones generadas por la creciente desconfianza de una parte de la nobleza con la monarquía, este documento estableció que ningún hombre podía ser arrestado o desposeído de sus bienes si no es mediante un juicio legal de sus acciones. Un importante antecedente de lo que acabaría reconociéndose como derechos humanos, un pilar para la bioética.
- Código de Núremberg (1947): El origen de este documento está en el juicio que en 1946 se lleva a cabo en la ciudad del mismo nombre, para enjuiciar a los médicos nazis por crímenes contra la humanidad tras la II Guerra Mundial. En este juicio son condenados diecisiete médicos por las agresiones y atropellos cometidos, con personas de todas las edades, en aras de una investigación científica sin ningún respeto por la dignidad humana. Consecuencia de esa condena será la elaboración de un Código publicado en 1947 donde se fijan unas normas éticas para la realización de investigaciones médicas con seres humanos. El Código está compuesto por diez directivas para llevar a cabo estas investigaciones.
- Declaración de Ginebra (1948): se trata de un documento que establecía los principios éticos fundamentales para el ejercicio de la medicina que fue adoptado por la Asociación Médica Mundial (AMM), motivo por el cual también recibe el nombre de "Declaración de la Asociación Médica Mundial sobre los Derechos del Ser Humano". En esta declaración se establece la obligación del médico de atender el bienestar del paciente y mantener el secreto profesional, la responsabilidad de tratar al paciente sin discriminación y la prohibición del uso de los conocimientos médicos para causar daños físicos o mentales.
- Declaración Universal de los Derechos Humanos (1948): documento adoptado por la Asamblea General de las Naciones Unidas que estipula los derechos fundamentales inherentes a todos los seres humanos, incluyendo el derecho a la vida, la libertad y la integridad personal. Los derechos humanos se ven reflejados en el proceder metodológico de la bioética como principios universales invulnerables, que sientan las bases para los cuatro principios bioéticos.
- Declaración de Helsinki (1964): promovida por la AMM, es un documento que establece los principios éticos para la investigación médica en seres humanos. Incluye cuestiones como el consentimiento informado, la selección de los participantes y establece el deber del investigador por velar por la salud, bienestar y derechos del paciente, por lo que es considerado el documento más importante en ética de la investigación con seres humanos.
- Informe Belmont (1979): elaborado por el Comité Nacional para la Protección de los Sujetos Humanos de la Investigación Biomédica y Comportamental en los Estados Unidos. Establece los principios éticos de respeto por las personas, beneficencia y justicia, y sirve de base para la regulación de la investigación en ética médica.
- Declaración Universal sobre el Genoma Humano y los Derechos Humanos (1997): declaración, aprobada por la Conferencia General de la UNESCO, trata las implicaciones éticas, legales y sociales de los avances en el campo de la genómica humana, estableciendo los derechos de las personas implicadas y la regulación de sus aplicaciones con el fin de proteger la dignidad humana.
- El Convenio de Oviedo (1997): establece principios y normas éticas importantes para proteger la dignidad y los derechos humanos en cuestiones biomédicas, como el consentimiento libre e informado, la confidencialidad, la libertad de investigación, la prohibición de la clonación reproductiva de seres humanos, la protección de los derechos de los individuos en la investigación biomédica, y la salvaguarda de la privacidad y la protección de los datos genéticos.
- La Ley de Autonomía (Ley 41/2002): regula los derechos y garantías de las personas en relación con su autonomía en el campo de la salud. Reconoce el derecho del paciente a recibir información clara, comprensible y completa sobre su estado de salud, a participar en las decisiones sobre su salud y tratamiento, incluyendo el derecho a expresar sus preferencias y valores, entre otros aspectos que tienen que ver con el consentimiento informado, la privacidad o la toma de decisiones.
1.3. ÉTICA DE LOS CUIDADOS
El cuidar se articula en el seno de una cultura y en el marco de un contexto histórico. Desde los orígenes de la civilización, el ser humano ha construido estructuras de acogida y procedimientos para cuidar a los más vulnerables de su especie.
Cuidar es un deber humano, pero no puede aplicarse de cualquier manera, hay una forma de aplicar y articular estos cuidados. De igual manera que el ejercicio de cuidar requiere la relación interpersonal.
E.D. Pellegrino considera la ética del cuidar como la ética propia de la enfermería, mientras que la bioética médica está más relacionada con los desafíos éticos de la práctica médica.
Francesc Torralba, filósofo y teólogo, en su libro “Ética del cuidar” afirma que las enfermeras en su praxis del cuidado, es fundamental el cultivo de virtudes. Según Gosia Brykczynska, los puntos esenciales de la tarea de cuidar pueden sintetizarse en: la compasión, la competencia, la confidencialidad, la confianza y la consciencia.
F. Torralba entiende que etimológicamente el término “cura” contiene dos dimensiones específicas: cuidar y curar, no deben considerarse aisladamente. Para curar es necesario curar. Analiza los elementos éticos y los categoriales del cuidar.
1.3.1. Elementos éticos del cuidar
Para cuidar a cualquier ser humano no basta con principios, sino hábitos personales y profesionales que se exigen en la tarea de cuidar, es lo que F. Torralba ha llamado constructos éticos de la praxis del cuidar.
Los constructos éticos del cuidar son las virtudes básicas e ineludibles que se requieren para cuidar a un ser humano con excelencia profesional.
- Compasión.
Difícilmente se puede desarrollar la acción de cuidar sin la experiencia de la compasión. Se trata de una condición necesaria pero no suficiente para el desarrollo óptimo de los cuidados.
La compasión es una virtud que no es exclusividad de ninguna religión ni de ninguna filosofía moral, aunque está omnipresente en el pensamiento moral de todos los tiempos. Su origen etimológico proviene del latín “copatere” que quiere decir “compartir el sentimiento y el dolor de otros”. La compasión consiste fundamentalmente en percibir como propio el sufrimiento ajeno, es decir, es la capacidad de interiorizar el padecimiento de otro ser humano y de vivirlo como si se tratara de una experiencia propia.
No debemos confundir compasión con empatía, la empatía, que es la capacidad de ponerse en el lugar del otro, pero sin implicarse emocionalmente. Se puede comprender el dolor ajeno sin compartirlo.
Quien se compadece del sufrimiento ajeno no puede quedarse quieto e impertérrito frente a la situación del otro, sino que trata de hacer todo lo que está a su alcance para mejorar dicha situación.
La práctica de la compasión no debe contraponerse a la autonomía del paciente, ni a su capacidad para decidir responsablemente sobre su futuro personal. Compadecerse de alguien no significa sustituirle o decidir por él. Significa ponerse en su piel, pero sin robarle su identidad, sin invadir su mismidad. La auténtica compasión busca el desarrollo de la autonomía ajena y no su dependencia o servidumbre.
- Competencia.
La competencia profesional nos dice Torralba, constituye una virtud básica en la deontología. Ser competente en un determinado ámbito profesional significa estar capacitado para desarrollar la propia profesión de un modo óptimo. El cuidar requiere no solo la experiencia de la compasión, sino también la de la competencia profesional. No basta con tener buena voluntad para cuidar a alguien, hay que estar formado específicamente para ello de una manera competente y conocer las técnicas y procedimientos necesarios para desarrollar tal actividad.
- Confidencialidad.
Uno de los rasgos característicos de la figura del confidente es su capacidad de escuchar y su discreción, esto es, su capacidad de guardar secretos, de callar para sí los mensajes que el otro vulnerable le ha confiado en una situación límite.
La confidencialidad se relaciona con la buena educación, con el respeto y con la práctica del silencio, pero, sobre todo, se caracteriza por la capacidad de preservar la vida íntima del otro, es decir, su privacidad, su universo interior. El paciente, precisamente porque se haya en una situación vulnerable, se ve obligado en determinadas circunstancias, a exponer su corporeidad y su intimidad al otro.
El cuidador, en dichas circunstancias, debe caracterizarse por un trato delicado y confidencial, debe dar garantías al enfermo de que aquello que ha expuesto no será objeto de exhibición, la virtud que permite al profesional guardar el secreto o los secretos, tan íntimos y escondidos, que el enfermo ha revelado al cuidador.
El ser humano, cuando cruza experiencias de dolor y desamparo, necesita un confidente, alguien a quien poder comunicar lo que uno no se atreve a decir en vía pública.
- Confianza.
La confianza constituye un elemento central en el arte de cuidar. Sólo es posible cuidar a un ser humano vulnerable si entre el agente cuidador y el sujeto cuidado se establece una relación de confianza, un vínculo presidido por la fidelidad (de “fides”, “fe”) en la persona que interviene, en su acción y en el dominio que tiene de dicho arte. Confiar en alguien es creer en él, en ponerse en sus manos, es ponerse a su disposición. Y sólo es posible ponerse en las manos del otro, si uno se fía del otro y le reconoce una autoridad no solo profesional sino también moral. La confianza es fundamental para cuidar, para ello es fundamental que el profesional sepa dar garantías y pruebas de confianza, no sólo por sus palabras, por su gestualidad, sino por la eficiencia y la eficacia de la acción que desarrolla. La profesionalidad ejercida de un modo excelente es motivo de confianza para el usuario, por ello la confianza no solo es virtud personal, sino profesional. Cuando el paciente sabe que el profesional no le va a abandonar, no le va a dejar en la estacada, asume con tranquilidad su situación y acepta los riesgos y problemas que conlleva la intervención. La confianza solo puede cultivarse en el tiempo y requiere un espacio determinado.
- Consciencia.
El quinto constructo ético que enumera Torralba siguiendo la tesis de G. Brykczynska es la consciencia. Ser consciente de algo, es asumirlo, es reflexionar en torno a sus consecuencias. La consciencia, entendida como virtud y no como atributo de la interioridad humana, significa reflexión, prudencia, cautela, conocimiento de la cosa.
En el ejercicio del cuidar, es fundamental no perder de vista la consciencia de la profesionalidad y ello supone mantener siempre la tensión, la alerta, estar atento a lo que se está haciendo y no olvidar jamás que el otro vulnerable que está bajo mis cuidados, es un ser humano que, como tal, tiene una dignidad intrínseca.
Quien no es consciente de todas estas dificultades puede llegar a pensar que su modo de obrar es excelente y puede inclusive llegar a banalizar la ardua tarea de cuidar como si se tratara de una actividad mecánica.
1.3.2. Elementos categoriales del cuidar
F. Torralba introduce tres elementos más: el tacto, la escucha atenta y el sentido del humor.
- El tacto.
La cuestión del tacto puede comprenderse en sentido literal y en sentido metafórico. En ambos sentidos, el tacto es fundamental para el ejercicio del cuidar, pues resulta éticamente imposible cuidar a un ser humano sin ejercer el tacto, el contacto epidérmico. Precisamente por ello, considera que el cuidar jamás puede ser virtual, realizado en la distancia, sino que debe ser, presencial. El enfermo se siente cuidado cuando el que le atiende está cerca. Tener tacto en el cuidar significa aproximarse a la persona enferma desde el respeto y desde la atención. El tacto, en el sentido literal, revela proximidad y el enfermo, como cualquier individuo vulnerable (la víctima el exiliado, el refugiado, el presidiario, el fracasado, el suicida…) requiere este contacto en el sentido literal. Los humanos no hemos inventado una forma mejor para indicar proximidad.
Quien roza la cara de un enfermo, quien acaricia la mano de un anciano, lo hace porque cree que debe hacerlo, porque se siente llamado a hacerlo, por imperativo moral, porque le preocupa la situación existencial del otro y, con ese gesto, se lo manifiesta. Este gesto nos humaniza. En el ejercicio de cuidar, el tacto, en sentido literal, es algo ineludiblemente humano.
Luego está el tacto en sentido metafórico, que resulta tan importante como el primero. Tener tacto desde esta perspectiva nada tiene que ver con el roce epidérmico o con la caricia. Se refiere a la capacidad de saber estar en un determinado sitio y en una determinada circunstancia sin incomodar, sin resultar una molestia para la persona que ocupa dicho espacio y dicho tiempo. Decimos, por ejemplo, que un profesional de la salud tiene tacto para transmitir las malas noticias. El saber estar en un determinado sitio y en un determinado tiempo significa saber decir lo más conveniente y saber callar cuando es oportuno. Significa también saber retirarse en el momento adecuado y saber adoptar la posición física adecuada para la situación que se está viviendo. Tener tacto es, saber estar, saber decir, saber callar, saber marchar a tiempo, saber, en definitiva, lo que se tiene que hacer y lo que no se tiene que hacer en un momento determinado.
Hipócrates decía que en el arte terapéutico hay una disposición natural otorgada por el destino, pero que requería trabajo y esfuerzo para sacarla a flote. También en el ejercicio de cuidar se requiere el tacto como predisposición natural, como vocación o llamada., puede haber algún tipo de transmisión, a través de la costumbre, pero es algo que muchos seres humanos tienen y otros no.
- La escucha atenta.
La escucha atenta constituye una modalidad del estar frente al enfermo que resulta primordial para ejercer adecuadamente el arte de cuidar. Se puede estar de muchas formas delante de un ser vulnerable. El buen profesional, sabe, por experiencia, que las palabras que le profiere el enfermo en dichas situaciones no son banales ni circunstanciales, sino que salen de su interior y el hecho de pronunciarlas, de ponerlas al exterior, es un ejercicio, de por sí, terapéutico, liberador y curativo.
Escuchar es una tarea difícil, aunque no lo parece, pues exige una predisposición muy singular y una cierta preparación o catarsis.
Escuchar atentamente y hacerlo, no por deseo (esto es, porque me apetece), sino por sentido del deber profesional (es decir, porque debo hacerlo), constituye una tarea ética y patentiza el grado de profesionalidad del cuidador y su capacidad de entrega al enfermo.
- El sentido del humor.
Por último, nos dice F. Torralba, que, en el ejercicio de cuidar, como en la vida cotidiana, el sentido del humor es fundamental. A priori, uno puede pensar que la enfermedad, en tanto que experiencia trágica, no se puede, ni se debe, relacionar con el sentido del humor, sino con la seriedad, con la gravedad de espíritu. Y hasta cierto punto, es verdad. Pues la experiencia de enfermar no es una experiencia cualquiera, sino que es una experiencia de desarraigo y de abandono, de impotencia y de máxima vulnerabilidad.
La seriedad de la vida no se descubre, cuando todo va bien, cuando uno puede desarrollar, a sus anchas, los proyectos que tenía previstos, sino que aparece con el fracaso, la enfermedad, la soledad, el abandono, la humillación y evidentemente, con la muerte.
Aunque parezca una sinrazón, no existe contradicción alguna entre la experiencia de la enfermedad y el sentido del humor, pues solo es posible, valga la paradoja, tomarse las cosas con humor desde la seriedad. Cuando uno se da cuenta de que lo realmente serio es la vida humana, de lo que realmente da que pensar, entonces es capaz de vivir, con sentido del humor, experiencias, proyectos y aventuras que, al lado de lo realmente serio, son una nadería.
Cuando el ser humano adquiere conciencia de sus propios límites y de sus propias posibilidades y las acepta como tales, entonces es capaz de reírse de sus propios defectos y de exteriorizarlos sin complejos.
Durante el periplo biográfico de la enfermedad, hay momentos para la gravedad y hay momentos para el humor. El cuidador, que tiene tacto, sabe descifrar los momentos oportunos para cada cosa, porque es capaz de ponerse en la piel del enfermo y en su circunstancia personal.
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