La menopausia es el cese definitivo de la menstruación por agotamiento folicular y suele diagnosticarse retrospectivamente tras 12 meses sin sangrado. Se asocia a déficit de estrógenos y aumento de FSH y LH, lo que ocasiona síntomas variables según la mujer: sofocos, sudoración nocturna, sequedad e irritación vaginal, dispareunia y, en algunos casos, cambios en el estado de ánimo o disfunciones sexuales. Aunque no es una enfermedad, puede comprometer la calidad de vida. La edad de aparición depende de factores genéticos, ambientales y de estilo de vida, siendo precoz antes de los 40 años y tardía después de los 55. El climaterio es la fase de transición en la que aparecen alteraciones menstruales, infertilidad y síntomas vasomotores y urogenitales. A largo plazo, la menopausia puede incrementar el riesgo de osteoporosis y enfermedad cardiovascular.
El tratamiento es individualizado y combina intervenciones en estilos de vida y terapias farmacológicas. Se recomienda ejercicio, evitar obesidad y tabaquismo, así como reducir alcohol, cafeína y comidas picantes. La terapia hormonal con estrógenos (solos o combinados con gestágenos) es eficaz frente a síntomas intensos, aunque contraindicada en mujeres con antecedentes de cáncer, tromboembolismo o enfermedad cardiovascular. En casos seleccionados puede emplearse tibolona, antidepresivos, gabapentina o clonidina. Para síntomas vaginales moderados-intensos, el tratamiento de elección son los estrógenos locales (óvulos, anillo o crema), mientras que lubricantes e hidratantes son útiles en dispareunia leve. Los fitoestrógenos tienen un efecto modesto y limitado. El abordaje debe priorizar la seguridad, el tiempo mínimo de tratamiento y la decisión informada de la mujer.
