El comportamiento del recién nacido cambia durante las primeras horas y días: tras el nacimiento existe un periodo de máxima alerta de 2–4 horas, seguido de un sueño profundo de hasta 5–6 horas. Durante el primer día predominan el sueño y el adormecimiento, aumentando la actividad a partir de las primeras 24 horas. Durante las primeras seis semanas, el lactante alterna sueño y vigilia principalmente para realizar tomas, y progresivamente permanece más tiempo despierto. Durante el primer mes se recomiendan al menos 8 tomas al día, pudiendo llegar a 12–14, ya que una frecuencia insuficiente puede comprometer la lactancia y una frecuencia excesiva acompañada de falta de calma o pocas deposiciones puede indicar dificultades. La recomendación es la lactancia materna a demanda, evitando horarios rígidos o limitar la toma a un tiempo determinado; la duración debe marcarla el propio lactante, aunque tomas sistemáticamente inferiores a 5 minutos o superiores a 30 requieren valoración.
Los estados de comportamiento del recién nacido, de menor a mayor actividad, son sueño profundo, sueño ligero, somnolencia, alerta tranquila, alerta activa y llanto. Los estados extremos dificultan la lactancia, por lo que puede ser necesario calmar o despertar al bebé antes de ofrecer el pecho. Un exceso de sueño puede relacionarse con prematuridad, crecimiento intrauterino retardado o medicación materna, y puede mejorarse mediante estimulación suave como caricias, cambio de pañal, quitar ropa o hablarle, además de ofrecer el pecho frecuentemente. Los lactantes más sensibles o con estrés neurológico pueden presentar dificultades para pasar de un estado a otro, por lo que un ambiente tranquilo, con pocos estímulos y contacto firme puede favorecer la alimentación.
Durante la lactancia aparecen crisis de demanda o brotes de crecimiento, en los que el lactante aumenta temporalmente las tomas para estimular una mayor producción de leche. Suelen aparecer hacia la 3.ª semana, 6.ª–7.ª semana, 3 meses, 1 año y 2 años; también se describen falsas crisis alrededor de los 4 y 8 meses, relacionadas sobre todo con despertares nocturnos. Estas etapas pueden generar inseguridad en la madre, especialmente la crisis de los 3 meses, cuando las tomas se hacen más cortas, el bebé se distrae más y los pechos pueden notarse blandos, pero esto no implica necesariamente falta de leche. En torno al año puede aumentar temporalmente la demanda de pecho por el enlentecimiento del crecimiento, y a los dos años el pecho puede actuar como fuente de contacto y seguridad. El apoyo del entorno y de los profesionales es fundamental para normalizar estas etapas, ayudar a interpretar el comportamiento del lactante y reforzar la confianza de la madre.
