Las plantas medicinales no son sinónimo de productos seguros o inocuos, especialmente durante la lactancia. El riesgo aumenta con infusiones concentradas, extractos, tinturas y aceites esenciales, ya que contienen mayores concentraciones de principios activos. Algunas sustancias pueden pasar a la leche y producir efectos en el lactante, alterar la prolactina y disminuir la producción de leche o modificar el sabor de la leche. Por ello, deben utilizarse productos de fuente fiable, evitar dosis excesivas y tener en cuenta que la composición y pureza de los suplementos comerciales puede variar.
Durante la lactancia deben evitarse especialmente las plantas que contienen tuyona, las plantas purgantes en infusiones concentradas y las plantas ricas en salicilatos, por sus posibles efectos sobre el lactante. También requieren especial precaución el agracejo, la artemisa, el regaliz, la cimífuga y el poleo, este último contraindicado por su contenido en pulegona y su toxicidad hepática, renal y neurológica. Con anís e hinojo debe evitarse el consumo excesivo: aunque cantidades moderadas pueden ser compatibles, sus componentes como anetol y estragol pasan a la leche y se han descrito intoxicaciones infantiles tras consumos maternos muy elevados. Además, no existen pruebas fiables de que el hinojo aumente de forma significativa la producción de leche.
Los aceites esenciales requieren todavía mayor precaución porque son productos extremadamente concentrados, muy liposolubles y potencialmente capaces de pasar a la leche. Su ingesta oral no se recomienda durante la lactancia y, si se utilizan por vía tópica, deben estar adecuadamente diluidos y evitarse alrededor o sobre el pecho para impedir la exposición del lactante. Su composición puede variar entre marcas y la toxicidad de muchos de ellos no está bien establecida. Debe extremarse la precaución con aceites que contengan tuyona, anetol, estragol, pulegona, ascaridol o safrol, y nunca deben aplicarse sin diluir ni ingerirse directamente.
