El esófago es un tubo muscular de unos 25 cm que conecta la boca con el estómago y permite el paso del alimento mediante un proceso coordinado que involucra los esfínteres esofágicos superior e inferior (EES y EEI). Las patologías más frecuentes que lo afectan incluyen la disfagia, la acalasia y la enfermedad por reflujo gastroesofágico (ERGE). La disfagia, dificultad para tragar, puede ser mecánica, motora u orofaríngea y requiere una evaluación mediante técnicas como la manometría o la gastroscopia. Su manejo incluye adaptar la textura de los alimentos, siguiendo recomendaciones de asociaciones como la ADA y la BDA, y empleando herramientas como el método volumen-viscosidad (MECV-V) o las escalas IDDSI y EAT-10.
La acalasia se caracteriza por la pérdida de peristalsis y la incapacidad del EEI para relajarse adecuadamente, generando disfagia, regurgitación y pérdida de peso. Aunque no tiene cura definitiva, se puede tratar con fármacos, inyecciones de toxina botulínica, dilataciones neumáticas o cirugía (miotomía de Heller o POEM). Por su parte, la ERGE es el paso patológico del contenido gástrico al esófago, provocado por factores mecánicos, gástricos, esofágicos y externos como el consumo de ciertos alimentos o fármacos. Los síntomas principales incluyen pirosis, regurgitación y disfagia, con posibles complicaciones como el esófago de Barrett. Su abordaje combina cambios en el estilo de vida, inhibidores de la bomba de protones y, en casos severos, cirugía.
