El ictus es una alteración brusca del flujo sanguíneo cerebral que provoca un déficit neurológico transitorio o permanente. Se clasifica en ictus isquémico, causado por la obstrucción del flujo sanguíneo y responsable del 80-85 % de los casos, e ictus hemorrágico, producido por la extravasación de sangre en el cerebro, frecuentemente relacionado con la hipertensión arterial (HTA). Es una de las principales causas de muerte, discapacidad y demencia, especialmente la demencia vascular. Los factores de riesgo más importantes son la HTA, el tabaquismo, el alcohol, la hipercolesterolemia, la diabetes y las arritmias. La clínica suele ser de inicio repentino, unilateral y contralateral al hemisferio cerebral afectado, destacando la debilidad muscular, pérdida de sensibilidad, alteraciones visuales, cefalea, pérdida de equilibrio y afasia cuando se afecta el hemisferio dominante. El diagnóstico es fundamentalmente clínico y se apoya en escalas como FAST y NIHSS, además de pruebas de imagen para diferenciar entre ictus isquémico y hemorrágico.
El tratamiento agudo busca restaurar rápidamente el flujo sanguíneo cerebral mediante trombólisis intravenosa con alteplasa o tenecteplasa en las primeras 4,5 horas, o mediante trombectomía mecánica en oclusiones de grandes vasos. Los cuidados en fase aguda incluyen monitorización cardíaca, control de la glucemia, la temperatura y la presión arterial, además de prevención de complicaciones mediante el protocolo FeSS y la rehabilitación temprana. La prevención secundaria se basa en antiagregantes plaquetarios o anticoagulantes según la causa del ictus, especialmente en pacientes con fibrilación auricular. Una complicación frecuente es la disfagia orofaríngea, que aumenta el riesgo de aspiración, desnutrición y deshidratación, por lo que requiere valoración específica y medidas como espesado de líquidos, adaptación de texturas y, en algunos casos, nutrición enteral mediante SNG o PEG.
