La esclerosis múltiple (EM) es una enfermedad crónica, progresiva y de origen autoinmunitario que afecta al sistema nervioso central (SNC), produciendo inflamación, desmielinización y daño axonal. Suele aparecer en adultos jóvenes, especialmente en mujeres entre los 20 y 40 años. La clínica es muy variable e incluye trastornos sensitivos (parestesias, hipoestesia), debilidad muscular, alteraciones del equilibrio, problemas visuales como disminución de agudeza visual o diplopía, además de disfagia, vértigo, alteraciones urinarias, ataxia, fatiga y disfunción intestinal o sexual. Para valorar el grado de discapacidad se utiliza la escala EDSS (Expanded Disability Status Scale), que mide la afectación neurológica y la capacidad de marcha en una puntuación de 0 a 10.
El tratamiento de la EM no es curativo, pero busca reducir los brotes, retrasar la progresión y mejorar la calidad de vida. En los brotes agudos se utilizan corticoides intravenosos, mientras que los tratamientos modificadores incluyen interferón beta, acetato de glatiramero, fingolimod, natalizumab y otros anticuerpos monoclonales. El natalizumab puede producir una complicación grave llamada leucoencefalopatía multifocal progresiva (PML) por reactivación del virus JC. También se emplean tratamientos sintomáticos para la espasticidad, el dolor neuropático o la fatiga, junto con fisioterapia, logopedia y apoyo psicológico. Entre los cuidados recomendados destacan evitar el tabaco, realizar ejercicio físico, seguir una dieta mediterránea y evitar el calor para prevenir el fenómeno de Uhthoff, que consiste en el empeoramiento temporal de síntomas neurológicos debido al aumento de la temperatura corporal.
