La hemorragia digestiva se clasifica según el lugar del sangrado en alta, si ocurre por encima del ángulo de Treitz, y baja si es por debajo. Entre las causas más comunes de hemorragia alta se incluyen la úlcera péptica, varices esofagogástricas y erosiones gastroduodenales, mientras que en la baja predominan los divertículos, angiodisplasias, pólipos y enfermedades inflamatorias. Las manifestaciones clínicas varían según la localización y la cantidad de sangre perdida: vómito con sangre (hematemesis), heces negras (melenas), y sangrado rectal (rectorragia o hematoquecia) son signos clave que permiten orientar el diagnóstico.
El diagnóstico se basa principalmente en la endoscopia, que además de localizar el origen del sangrado, permite su tratamiento mediante métodos térmicos, inyectables o mecánicos. En algunos casos, se recurre a la arteriografía para identificar y tratar sangrados persistentes. El abordaje terapéutico incluye estabilización hemodinámica mediante reposición de volumen, transfusiones y tratamiento farmacológico con inhibidores de bomba de protones, vasoconstrictores y profilaxis antibiótica. En situaciones más complejas pueden emplearse técnicas como TIPS, sondas especiales o procedimientos quirúrgicos.
