La enfermedad inflamatoria intestinal (EII) engloba procesos crónicos e inflamatorios del tubo digestivo, principalmente colitis ulcerosa (CU) y enfermedad de Crohn (EC), con casos “indeterminados” cuando no encajan bien en una u otra. La CU afecta de forma continua a la mucosa del recto y colon, extendiéndose proximalmente, sin comprometer capas profundas; por eso es típico el sangrado y el tenesmo. En cambio, la EC puede aparecer en cualquier tramo (frecuente en íleon), con lesiones parcheadas y afectación transmural, lo que explica el mayor dolor, la pérdida de peso y complicaciones como fisuras y fístulas. Aunque la causa exacta no es clara, se plantea una interacción genética + ambiente que desencadena una respuesta inmune anómala contra la mucosa; suele diagnosticarse sobre todo entre los 20–30 años. El diagnóstico se apoya en un conjunto de datos (clínica, analítica con PCR/anemia/ferropenia y calprotectina fecal, imagen como eco/RM/TC y sobre todo colonoscopia con biopsias; la cápsula endoscópica ayuda a visualizar intestino delgado). No hay “curación” definitiva, pero sí control: corticoides para brotes (evitando uso prolongado por efectos adversos), aminosalicilatos (más útiles mantenidos), inmunosupresores (tiopurinas, calcineurínicos, metotrexato), fármacos más nuevos como JAK, y biológicos (anti-TNF, antiintegrina, antiinterleucina) que han mejorado mucho el pronóstico funcional.
El sobrecrecimiento bacteriano del intestino delgado (SIBO) es una disbiosis con exceso de bacterias “tipo colónico/orofaríngeo” en intestino delgado que provoca distensión, flatulencia, malestar, diarrea o estreñimiento y, si es intenso, malabsorción. Se asocia a trastornos de motilidad (p. ej., diabetes, pseudoobstrucción, narcóticos), alteraciones anatómicas con estasis (adherencias, estenosis, EII, tumores), hipoclorhidria y enfermedades sistémicas (celiaquía, pancreatitis crónica, esclerodermia, etc.); se suele diagnosticar con test de aliento con carbohidratos (práctico y no invasivo) o con mayor certeza mediante cultivo de aspirado yeyunal, y se trata principalmente con antibióticos (p. ej., rifaximina) además de corregir déficits y tratar causas de base. Por su parte, el síndrome del intestino irritable (SII) es un trastorno funcional (sin lesión estructural demostrable) con dolor abdominal, meteorismo/distensión y alteración del ritmo intestinal (diarrea, estreñimiento o alternancia), donde influyen mecanismos como hipersensibilidad visceral, alteraciones de motilidad, disbiosis, factores inmunitarios de bajo grado y el eje cerebro-intestino (estrés/ansiedad). El diagnóstico se refuerza con criterios Roma IV (síntomas crónicos con dolor recurrente asociado a la defecación o cambios del hábito intestinal), y el tratamiento parte de una buena relación terapéutica y medidas de estilo de vida; si persiste o impacta la calidad de vida, se añaden fármacos según el subtipo. En dieta, destaca la baja en FODMAP (eliminar 4–6 semanas, reintroducir y personalizar), útil para reducir fermentación y síntomas, pero debe hacerse con supervisión para evitar restricciones innecesarias y problemas nutricionales.
