TEMA 9. PRINCIPIOS BÁSICOS HEMATOLÓGICOS


La sangre es un tejido líquido que recorre todo el organismo en un circuito cerrado de vasos desde y hacia el corazón. Su misión principal es el transporte: lleva oxígeno desde los pulmones a los tejidos, devuelve dióxido de carbono para su eliminación, distribuye nutrientes y hormonas, y retira desechos metabólicos. El volumen sanguíneo de un adulto medio ronda los 5 litros (≈8% del peso corporal) y se mantiene estable gracias a mecanismos homeostáticos como la ADH, el sistema renina-angiotensina-aldosterona y el péptido natriurético atrial.

En cuanto a su composición, la sangre contiene elementos formes (eritrocitos, leucocitos y plaquetas) suspendidos en un líquido llamado plasma. El plasma, de color paja, es agua con solutos: iones —el sodio es el más abundante—, metabolitos, hormonas, enzimas, anticuerpos y proteínas plasmáticas. Estas proteínas representan un 7–9% e incluyen albúmina (mayoritaria, clave en la presión oncótica y el transporte), globulinas (alfa, beta y gamma; estas últimas son los anticuerpos) y fibrinógeno, precursor indispensable de la fibrina en la coagulación.

Los elementos formes realizan funciones especializadas: los eritrocitos, discos bicóncavos cargados de hemoglobina, transportan oxígeno; los leucocitos defienden frente a patógenos (granulocitos como neutrófilos, eosinófilos y basófilos/mastocitos; y agranulocitos como monocitos-macrófagos y linfocitos B —productores de anticuerpos— y T —respuesta celular—); y las plaquetas, fragmentos de megacariocitos, participan en la hemostasia. Todas estas células se originan por hematopoyesis a partir de células madre hematopoyéticas en la médula ósea: la mielopoyesis genera eritrocitos, la mayoría de leucocitos y plaquetas en la propia médula, mientras que la linfopoyesis implica la maduración de linfocitos B y T en órganos linfoides (p. ej., timo).