TEMA 6. VALORACIÓN GENERAL DEL PACIENTE


La instauración de una terapéutica adecuada en el pie diabético exige una valoración integral del paciente, no solo de la herida. Es imprescindible conocer su bienestar global, grado de conocimiento sobre la lesión, capacidad de autocuidado y apoyo familiar, adaptando el plan de cuidados a su situación clínica, social y emocional. Factores intrínsecos como la edad, el dolor, la movilidad limitada, el estado nutricional e hidratación, la obesidad, el tabaquismo, el consumo de alcohol, la medicación, el estrés y las circunstancias psicosociales influyen directamente en la cicatrización. La desnutrición, la hipoperfusión del tejido adiposo, la hipoxia tisular asociada al tabaco o al alcohol, y los hábitos de vida poco saludables deterioran la respuesta inflamatoria, la angiogénesis, la síntesis de colágeno y la capacidad de cierre de la herida, aumentando el riesgo de infección y cronificación. Por ello, la planificación debe ser interdisciplinar, protocolizada, basada en datos objetivos y reproducibles, y orientada a la educación del paciente y su entorno.

Tras este análisis global, la valoración de la lesión debe ser sistemática y unificada en todos los niveles asistenciales, registrando etiología, localización, dimensiones, tipo de dolor, características del tejido (granulación, epitelial, esfacelar, necrótico, hipergranulación), signos de infección-inflamación, tipo de exudado, presencia de túneles, bordes y piel perilesional. En el paciente diabético con heridas en el pie, la historia clínica debe recoger factores de riesgo aterogénico (HTA, tabaquismo, dislipemia, obesidad), años de evolución de la diabetes, complicaciones previas (neuropatía, arteriopatía) y antecedentes de úlceras o amputaciones. La exploración dirigida debe identificar síntomas y signos de neuropatía periférica (sensitiva, motora y autonómica), enfermedad arterial periférica (claudicación, ausencia de pulsos, cambios tróficos, dolor en reposo) e infección, cuya clínica suele ser pobre pero potencialmente grave. El reconocimiento precoz de signos generales (fiebre, mal control metabólico, leucocitosis) y locales (mal olor, eritema, edema, supuración, cambios de color) es clave para actuar a tiempo, evitar la progresión séptica y disminuir el riesgo de amputación.