Los trastornos disociativos se definen por una alteración en la integración normal de funciones como la conciencia, la memoria, la percepción, la identidad o las emociones. Estas interrupciones generan una desconexión entre el individuo y su propia experiencia, dificultando su adaptación a la vida cotidiana y, en muchos casos, estando relacionadas con antecedentes traumáticos o situaciones de gran estrés.
Dentro de esta categoría, el DSM-V incluye varios cuadros clínicos. El trastorno de identidad disociativo se caracteriza por la presencia de dos o más estados de personalidad bien definidos, con cambios en la memoria, el comportamiento y la conciencia, y con un elevado riesgo de suicidio. La amnesia disociativa implica la incapacidad de recordar información autobiográfica relevante, pudiendo ser localizada (de hechos específicos), generalizada (de la identidad e historia vital) o acompañarse de fuga disociativa, donde la persona puede deambular sin recordar quién es. Por último, el trastorno de despersonalización/desrealización provoca experiencias de extrañeza hacia uno mismo (sentirse observador externo de pensamientos o acciones) o hacia el entorno (vivirlo como irreal o distante).
En conjunto, estos trastornos evidencian cómo la mente puede fragmentar la experiencia consciente como mecanismo de defensa frente a situaciones traumáticas, aunque con un gran impacto en la funcionalidad y la percepción de la identidad personal.
