Los trastornos de la personalidad son patrones persistentes de pensamiento, emoción y conducta que se apartan notablemente de las expectativas culturales, resultan inflexibles y estables a lo largo del tiempo, y generan un malestar clínico significativo o un deterioro en el funcionamiento social, laboral y personal. Suelen reconocerse desde la adolescencia y persisten en la vida adulta, afectando áreas clave como la cognición, la afectividad, las relaciones interpersonales y el control de los impulsos.
El DSM-V y la OMS los agrupan en tres clústeres en función de sus características. El clúster A incluye personalidades excéntricas o raras, como la paranoide, la esquizoide y la esquizotípica, caracterizadas por suspicacia, desapego social y pensamientos o percepciones distorsionadas. El clúster B, más dramático y emocional, comprende los trastornos antisocial, límite, histriónico y narcisista, asociados con impulsividad, inestabilidad afectiva, búsqueda de atención y grandiosidad. Finalmente, el clúster C engloba personalidades ansiosas o temerosas, como la evasiva, dependiente y obsesivo-compulsiva, marcadas por la inseguridad, el temor al abandono y el perfeccionismo rígido.
En el abordaje de enfermería, se utilizan diagnósticos NANDA que permiten identificar problemas específicos en la interacción social, el control de impulsos, la autoestima o la ansiedad. Las intervenciones NIC incluyen estrategias como la potenciación de la socialización, el manejo de la conducta y de la autolesión, la restructuración cognitiva o la prevención del suicidio, adaptándose a cada clúster. Esto subraya la importancia de un acompañamiento terapéutico estructurado y sostenido para mejorar la calidad de vida y reducir el impacto de estos trastornos en la funcionalidad diaria.
